La historia de la investigación. Un relato de los protagonistas principales.
http://www.esglobal.org/el-periodismo-colmena-acorrala-a-los-evasores-fiscales/
miércoles, 6 de abril de 2016
El dilema de Rafael Correa
Después de una década en el poder, el Presidente de Ecuador comienza a sufrir síntomas de desgaste. Lo cuestionan los movimientos sociales que lo llevaron al poder.
esGlobal 5 de Abril .
Link: El dilema de Rafael Correa
sábado, 20 de febrero de 2016
El socialismo norteamericano de Bernie Sanders
ELECCIONES EN E.E. U.U.
ETHAN EARLE
Lunes 15 de febrero de 2016
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| Bernie Sanders |
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| Ethan Earle |
Nací en Carolina del Norte, aunque mis padres son de Vermont. Crecí haciendo largos viajes de verano por la costa este para visitar a nuestra familia en Burlington, la ciudad más grande del estado con tan solo 40 000 habitantes. Fue en uno de esos viajes, en algún momento de los noventas, cuando escuché por primera vez acerca de Bernie Sanders y su versión tan particularmente norteamericana del socialismo democrático.
Vermont es un pequeño y extraño lugar. Es el número 49 de cincuenta estados, tiene solo 626 000 habitantes y la mayoría de ellos vive en pequeños pueblos agrícolas que salpican las Green Mountains en toda su extensión. La población de Vermont se jacta de su autosuficiencia marcada por un perfil tozudamente independiente y ocasionalmente revolucionario. El Estado fue fundado por una milicia separatista durante la Guerra Revolucionaria. Luego sería el primer Estado en abolir la esclavitud y jugaría un papel crucial en el llamado Underground Railroad (ferrocarril subterráneo), que ayudó a ocultarse a esclavos fugitivos en su terreno sinuoso y los escoltó a través de la frontera norte con Canadá. Durante mi infancia, escuchaba estas historias como pruebas de que la población de Vermont es gente comprometida que no se toman a bien las injusticias o el doble discurso político.
En 1980, Bernie Sanders (nacido en Brooklyn) entró en el escenario político por la izquierda como candidato independiente a la alcaldía de Burlington, describiéndose a sí mismo como socialdemócrata. Derrotó por 10 votos al candidato oficialista que se presentaba a su quinta reelección, y luego fue reelegido 3 veces. Durante su período como alcalde, Bernie fue ampliamente reconocido como un izquierdista sin pelos en la lengua, pero también como un administrador eficiente. Fue él quien abrió la primera comisión de la mujer en la ciudad, apoyó el desarrollo de cooperativas de trabajadores e inició uno de los primeros y más exitosos experimentos de viviendas comunales financiadas por el Estado. Esta última medida aseguró garantizar viviendas accesibles para sectores de ingresos bajos y medios, y frenó el proceso de gentrificación en medio de un proyecto para revitalizar la zona rivereña, que de lo contrario habría transformado el centro de la ciudad. Bernie el izquierdista, invitó a Noam Chomsky a hablar en la casa de gobierno y viajó a Nicaragua para conocer a Daniel Ortega y hermanar una ciudad sandinista. Bernie el administrador, mantuvo equilibrado el presupuesto de la ciudad y fue parte de la transformación de Burlington en una de las ciudades más lindas y habitables de Estados Unidos.
En 1990, Bernie se presentó como candidato para la cámara de representantes de Estados Unidos y se convirtió en su primer miembro independiente en cuarenta años. Rápidamente fundó el Congressional Progressive Caucus, que hasta el presente es uno de los pocos baluartes de izquierda en el Capitolio. Criticó a políticos de ambos partidos por subordinarse a la lógica corrupta de Washington. Se reveló como un político serio, con un mensaje directo y franco, y alarmado por las crisis que enfrenta nuestro país. Si bien a veces sus modales pueden parecer hoscos y sus aptitudes sociales escasas, nunca hubo dudas acerca de su devoción por el trabajo. Bernie pudo emerger como una voz calificada a nivel nacional en temas que van desde la desigualdad en los ingresos a la cobertura médica universal, la reforma de la campaña financiera y los derechos LGBT. También fue uno de los primeros críticos prominentes de la guerra de Irak y los programas de vigilancia interna como la Ley Patriota (Patriot Act).
Básicamente, Bernie mantuvo el camino que él mismo se había propuesto desde el principio, el del un progresista imperturbable que basa su trabajo en una independencia sólida y la obstinación para que se hagan las cosas. De nuevo en Vermont, donde desde 2006 ha sido senador, Bernie continuó incrementando su popularidad y ganó con el 71 % de los votos en su elección más reciente, consiguiendo la mayor tasa de aprobación de todos los políticos de Estados Unidos. Su reconocido rechazo a las campañas de desprestigio, así como su compromiso en encontrar terrenos comunes con figuras políticas de otros bandos, solo han fortalecido su reputación. Precisamente, su mayor logro y el secreto de su éxito, ha sido construir un nuevo consenso político en el estado de Vermont. Por supuesto, él interpela a los liberales más acérrimos pero saca su fortaleza real de familias trabajadoras blancas de las pequeñas ciudades, no tan conocidas (al menos en las décadas recientes) por sus inclinaciones socialdemócratas.
Mi familia es una familia de peluqueros, a los que se suman un par de enfermeras y electricistas. Somos una familia de cazadores y fanáticos de Katy Perry. Somos una familia a la que la cultura política contemporánea le ha hecho creer que su voz no cuenta. Y puedo decir, con total honestidad, que Bernie Sanders ha hecho pensar distinto a mi familia. De cara a las próximas elecciones primarias, casi todos ellos – propensos a votar a los republicanos en cualquier otra elección – darán su voto a Bernie Sanders. Cuando estoy en Vermont no solemos hablar de política pero cuando lo hacemos hablamos de Bernie. Puedo escuchar a mi tía decir “Quizás no estoy de acuerdo con todo lo que él dice o hace, pero se que él sabe lo que dice y cree en lo que hace. Se que él nunca nos entregaría y que siempre nos dirá las cosas de frente”.
El éxito del senador Bernie Sanders, en una campaña engañosamente quijotesca para convertirse en el 45 presidente de Estados Unidos, ha despertado extrañas animosidades en la opinión pública. Bernie atrajo multitudes mucho más grandes y generó más entusiasmo que cualquier otro candidato de los dos partidos. Durante 2015 su campaña recibió 73 millones de dólares de más de un millón de individuos y un récord de 2,5 millones de contribuciones en total. Está recibiendo una gran cobertura mediática en las portadas de los medios más importantes de Estados Unidos y es el tema central en numerosostweets, mms y conversaciones de internet en general. Tan solo 6 meses antes, su principal contendiente, la todavía favorita Hillary Clinton -ex secretaria de Estado, senadora, primera dama y niña mimada del establishment demócrata- se situaba como la candidata más imparable para toda una generación. Al escribir estas líneas, a mediados de enero, ella se aferra a una ventaja de 7 puntos a nivel nacional y está igualada en las elecciones de dos estados en las primarias, estados que históricamente han sido la referencia para el resto del país (Iowa y New Hampshire). Lo que es más increíble aún, es que Bernie Sanders está haciendo todo esto sin dinero de corporaciones y sin recibir el apoyo del establishment, proclamando las virtudes del socialismo democrático y diciéndole a quien quiera escucharlo que este país necesita una revolución política.
Después de décadas trabajando en política, no debería ser ninguna sorpresa que el programa para la campaña de Bernie sea amplia y detallada, meticulosa se podría decir. Quizás meticulosa pero no confusa: no ha dejado lugar a dudas de que su mayor preocupación es la desigualdad que define cada vez más a la economía estadounidense. Propone subir el salario mínimo de 7,25 a 15 dólares hacia 2020. Promete crear millones de puestos de trabajo a través de programas federales de infraestructura y programas para la juventud. Dice que va a expandir la seguridad social, proporcionando educación gratis en todas las universidades públicas y extendiendo la cobertura de salud a toda la gente a través de un sistema de pago único. Su plan para financiar estos programas es simple: subir impuestos a los ricos y a las grandes corporaciones, y cobrar impuestos a la especulación financiera.
En sus historias, Bernie cuenta cómo Estados Unidos se convirtió en uno de los países con mayor desigualdad en el mundo, y pone especial énfasis en la responsabilidad de las instituciones financieras en la crisis del 2007-08. Lamenta que ni un solo ejecutivo haya sido encarcelado por su papel en estos episodios, y muestra el contraste existente con un sistema de justicia que ha encarcelado a millones de personas de bajos recursos por delitos menores. Propone la implementación de una versión siglo XXI de la Ley Glass-Steagall, la que impidió que los bancos comerciales participaran con bancos de inversión a partir de 1933 y que luego fue derogada bajo la mirada aprobatoria del presidente Bill Clinton en 1999. Recientemente anunció que, de ser elegido, en su primer año disolvería todas las instituciones financieras que alguna vez fueran consideradas “demasiado grandes para caer”.
Sin embargo, su ardiente y popular versión económica no explica por qué millones de personas han llegado al “Feel the Bern”, el viral hashtag (#feelthebern hashtagTwitter) que se ha convertido en un eslogan para la campaña. En realidad, podría decirse que le está hablando a un momento más amplio de la historia de nuestro país. Las deudas personales y la desigualdad económica están en niveles récord, y la generación que hoy en día es mayor de edad ha sido criada en medio de la guerra de Irak y la Gran Recesión. Esta generación creció entre resabios del sueño americano aunque su realidad fue la de una movilidad descendente para la mayoría, mientras solo ascendían una pequeña élite y unos pocos afortunados. En este contexto, Bernie denuncia que el sistema no solo está roto sino que está diseñado para perpetuar el control por parte de una pequeña élite políticamente arraigada con intereses capitalistas, y es eso lo que ha prendido fuego en su campaña de forma tan llamativa.
Además de sus propuestas económicas, la otra pieza fundamental de la campaña de Bernie es su llamamiento a expulsar a las grandes corporaciones y a su dinero de la política. Bernie defiende a viva voz una reforma integral de la financiación de las campañas, incluyendo la derogación de la decisión de la Corte Suprema sobre el caso Citizens United y la abolición de los super PACs/1, que en conjunto han permitido que el dinero corporativo ejerza cada vez mayor control sobre el proceso electoral. Bernie nos recuerda que él es el único candidato sin un super PAC y que su campaña está alejada de las corporaciones, financiada en gran parte por pequeñas donaciones y contribuciones un poco más grandes de sindicatos. La campaña de Hillary, en cambio, está sustentada en su mayor parte por ricos y corporaciones; seis de sus diez principales contribuyentes son bancos.
Bernie cree que las corporaciones han tomado el control de la democracia norteamericana, y es aquí en donde retoma su idea de la revolución política. En cada discurso llama la atención sobre esto y siempre es inequívoco: ni él ni ningún otro político puede hacer los cambios necesarios solo. La idea de revolución política de Bernie comienza con el pueblo estadounidense saliendo a votar masivamente, recuperando nuestra democracia, y exige reformas que aumenten nuestro control sobre la economía nacional y el proceso político.
No sorprende que los poderosos no estén contentos con Bernie y la mayor ofensiva la haya tomado el establishment demócrata (lo que también, por desgracia, es lógico). Su candidata, Hillary Clinton, ha recibido hasta ahora 455 avales de los gobernadores y representantes en el Congreso, mientras que solo 3 han sido para Bernie Sanders; ella ha sido respaldada por 18 sindicatos que representan a 12 millones de trabajadores frente a 3 sindicatos que acompañan a Bernie, que a su vez representan a 1 millón de trabajadores. Entre los llamados superdelegados -una desagradable particularidad del sistema electoral de Estados Unidos, quienes en conjunto constituyen cerca de un tercio de los votos del partido, y no tienen la obligación democrática de honrar las decisiones de sus votantes- las preferencias por Hillary tienen una ventaja de 45 a 1. El Comité Nacional Demócrata, por su parte, ha tratado de limitar las oportunidades de debate (y audiencia) en un esfuerzo para proteger la ventaja de Clinton, llegando incluso a eliminar la campaña de Bernie Sanders de su base de datos en un desmesurado castigo por una ofensa menor (y disputada). Mientras tanto, los charlatanes del establishment han disparado contra Bernie diciendo que es incapaz de ganar una elección general, a pesar de las numerosas pruebas en contra de esa idea.
Los partidarios de Hillary con las mejores intenciones dirían “Ella tienen más opciones de ganarle a cualquier loco peligroso que surja en esta especie de lucha libre que son las primarias republicanas”. Dirían también que ella tendrá más posibilidades de hacer las cosas que propone una vez en el gobierno. La política es desagradable y el Partido Republicano se ha redefinido tanto por su obstruccionismo tanto como su fanatismo. Hillary podrá no ser pura, pero es la persona del partido demócrata capaz de forzar al menos un par de reformas positivas en nuestro gobierno disfuncional. Los partidarios de Hillary también dirían que ya es hora de que elijamos una presidenta mujer, después de más de dos siglos ininterrumpidos de gobierno de varones.
Yo respondería que Clinton representa hasta tal punto lo que es disfuncional en nuestro sistema político actual, que es difícil que pueda hacer algo al respecto. Ella está tan estrechamente ligada a Wall Street como cualquier político de ambos partidos. Votó a favor de la guerra de Irak y se mantiene fiel al ala bélica del Partido Demócrata, una sección ampliamente desacreditada del intervencionismo liberal. Clinton está muy volcada a su objetivo de ganar poder, mientras que Sanders ha mantenido valores consistentes durante más de treinta años en cargos de elección popular. Sin duda, el simbolismo de la elección de una presidente mujer es importante, un acontecimiento potencialmente histórico que rivalizaría con la elección de Barack Obama como el primer presidente afroamericano de nuestro país hace ocho años. Sin embargo, también hemos visto las limitaciones del simbolismo en la política durante la administración del presidente Obama, con el ingreso medio y la riqueza de afroamericanos en declive, mientras que la disminución de las tasas de encarcelamiento continúan a un ritmo aparentemente inexorable, a la vez que la deportación de los inmigrantes latinos ha alcanzado niveles récord. Por otra parte, el valor de este simbolismo se puede ver compensado por la alternativa de elegir un presidente con un plan y un mandato que cambie la forma de funcionar de Washington y de nuestro país en general.
Como era esperable en lo que llamaré, en un sentido amplio, “la izquierda“, los debates sobre estas elecciones se han vuelto bastante desagradables en los últimos meses. La insistencia de Bernie en no utilizar técnicas negativas de campaña – y Hillary en un lugar confortable como ganadora- mantuvieron las cosas en buenos términos. Pero a medida que la campaña se fue calentando y la ventaja se redujo, legiones de seguidores de Hillary han salido a los medios de comunicación a descalificar a los partidarios de Bernie como sexistas. Los seguidores de Bernie, por su parte, fueron sarcásticos y en ocasiones políticamente incorrectos – aunque generalmente correctos al juzgar sus posiciones y logros – y respondieron que Bernie apoyó políticas y medidas que son mucho más progresista para la igualdad de las mujeres que las que Hillary propone (al menos, más allá de los escalafones más altos de las profesionales). Estas discusiones, si bien tienen el potencial para dar lugar a un debate necesario sobre las diferencias entre el feminismo liberador y el feminismo corporativo, en general han sido lideradas por fanáticos y no han progresado (al menos por ahora) mucho más allá de insultos superficiales al estilo Twitter.
Más a la izquierda, los sospechosos de siempre, han salido de la nada para acusar a Bernie de no ser el portador de la verdadera revolución. Le acusan de un sinnúmero de desviaciones estilo “pecado original” relacionadas con su falta de alineamiento pleno con alguna estructura particular (y esotérica) de pensamiento político. Algunos dicen que él está actuando como un “perro pastor“ para el Partido Demócrata, atrayendo jóvenes descontentos a su seno -no les importa que él haya sido independiente la mayor parte de su carrera y que ahora se convirtió en el enemigo público Nº 1 del establishment demócrata-. Otros, nunca le perdonarán ser un socialdemócrata cuando él se ha etiquetado tan claramente a sí mismo como un socialista democrático. Y finalmente, están aquellos que piensan que Bernie ha caído en desgracia por su voto en tal o cual política exterior demostrando ser como todos los demás; sin que les importe que critique abiertamente la historia de imposiciones de regímenes en el exterior de nuestro país o que sostenga que el cambio climático representa una amenaza a nuestra existencia mayor que la del terrorismo, a pesar de la exaltación al miedo por parte de los medios. Aunque irrelevantes para la conciencia política dominante, estas patologías son dignas de mención en la medida en que se han agudizado y clarificado diferencias dentro de la vasta izquierda socialista –entre quienes van a donde está la gente y construyen políticas sobre la base de realidad existentes y quienes prefieren situarse al margen de la historia y girtan a quienes no están con ellos.
Pero más interesante y relevante para el momento actual de la política de Estados Unidos es el debate que se inició durante Netroots Nation, una destacada convención política progresista. Activistas del movimiento Black Lives Matter (BLM) interrumpieron un discurso de Bernie para llamar la atención sobre la violencia policial en contra de la comunidad negra y exigir la adopción de una agenda política más directa para desmantelar el racismo estructural en los Estados Unidos. La respuesta de Sanders fue ridiculizada por algunos con desdén, como fuera de lugar. Sus intentos iniciales por remarcar su propio historial en relación a la justicia racial y vincular la cuestión del racismo con las políticas económicas diseñadas para aliviar la desigualdad, no ayudaron. Unas semanas más tarde, un grupo de activistas de BLM con sede en Seattle interrumpió otro discurso Bernie Sanders, esta vez en un acto para celebrar los 80 años de la Seguridad Social. Los manifestantes tomaron el micrófono antes que Bernie pudiera hablar, no le permitieron responder a sus críticas y acusaron a la ciudad de Seattle de “liberalismo con supremacía blanca” en respuesta a los abucheos de la audiencia. El evento fue cancelado.
Después de este segundo acontecimiento, la campaña de Sanders dio a conocer un programa de justicia racial (presumiblemente elaborado después de la primera intervención) que abrió con un gesto explícito a las demandas de BLM y otros activistas, citando los nombres de las mujeres y hombres de color recientemente asesinados por la policía. Continuó abordando directamente la cuestión de la violencia física perpetuada por el Estado y los extremistas de derecha contra hombres y mujeres afroamericanos, y luego enumeró una lista de propuestas y demandas que abordan también cuestiones de la violencia desde lo político, jurídico, económico y ambiental. Este nuevo programa ha sido aplaudido por los líderes del movimiento BLM.
La primera intervención de BLM proporcionó un ejemplo de dos movimientos progresivos distintos pero superpuestos, en conversación crítica y productiva. El último, en cambio, mostró que ambos pueden entablar por momentos un diálogo de sordos. Bernie, un hombre judío blanco de 74 años de edad, del segundo Estado más blanco de los Estados Unidos (96,7%), al principio fue lento en reconocer la urgencia de este momento en la justicia racial, al igual que reconoció la falta de perspectiva al incluir los reclamos de BLM en una plataforma de justicia económica preexistente. Los activistas de BLM fueron oportunistas al explotar esta óptica a expensas de alguien que fue -como mínimo- un buen aliado blanco de los movimientos de justicia racial, desde que marchara en 1963 con Martin Luther King Jr. Su táctica, si bin fue útilmente provocativa en Netroots, fue desmedida en Seattle. En este segundo caso, el grupo liderado por activistas relativamente nuevos en la justicia social y muy alejados de encarnar el liderazgo de lo que es un movimiento esencialmente abierto, fue percibido como cínico y no particularmente interesado en la construcción de políticas progresistas más allá de divisiones esencialistas.
En síntesis, el culebrón Bernie-BLM ha sido una buena experiencia de aprendizaje para Sanders y sus seguidores, y esto debería reconfortarnos como progresistas. Además de su agenda de justicia racial, Bernie ha contratado más personas de color en puestos importantes. Él se ha vuelto también crecientemente activo en destacar la aterrorizante tendencia de violencia policial contra los afroamericanos. Por ejemplo, fue a visitar a la familia de Sandra Bland, una mujer de 28 años de edad que fue encontrada muerta en la cárcel tras ser detenida por una infracción de tráfico menor. Después de esto hizo una poderosa y trágicamente simple declaración: “ella estaría viva hoy si hubiese sido una mujer blanca”. También hizo giras con prominentes figuras de la cultura negra como Killer Mike del grupo de rap Run the Jewels y mejoró su exposición acerca del racismo subyacente a gran parte de la economía de Estados Unidos desde la esclavitud. Aunque su nombre aún no es tan conocido entre estas comunidades como el de Hillary, su tendencia al voto ha aumentado significativamente.
En términos más generales, podemos ver estos debates como parte del crecimiento -y tal vez incluso de una generación- del activismo de una izquierda renovada en Estados Unidos. Varias décadas en retirada, al menos en el nivel de conciencia de las masas, se invirtieron repentinamente con Occupy Wall Street (OWS) en septiembre de 2011, como ya he escrito. Este movimiento incipiente tenía toda la gracia y la belleza de un recién nacido, que al menos era, efectivamente, para la gente vinculada con ello. Funcionó como un despertar generacional a la posibilidad de un activismo político transformador en los Estados Unidos. Black Lives Matter, aunque no estuvo directamente relacionado con (o inspirado por) OWS, entró en los medios de comunicación mainstream sobre su estela e incorporó (intencionalmente o no) muchas de las críticas contra su predecesor.
Bernie Sanders ha llegado a millones de personas para las que era más fácil relacionarse con la política a través del prisma de una campaña presidencial. Considerados en conjunto (aún cuando no son necesariamente una unidad), este triple movimiento marca el ascenso de una nueva era de la política progresista en los Estados Unidos. Y mientras los debates entre estos y otros movimientos políticos son necesarios, al igual que lo es la lucha crítica por la forma y dirección de la política progresista, es igualmente necesario que no dejemos que las luchas internas destructivas nos distraigan de la cuestión más profunda de nuestro tiempo, que es cómo refundar el sistema político y económico de Estados Unidos sobre uno que funcione para todo el mundo en nuestro país y que haga más para ayudar al resto del mundo que para dañarlo.
Bernie Sanders está haciendo todo lo posible para mantenernos centrados en esta cuestión, siempre dejando en claro que no puede resolverlo él solo. Esta, más que cualquier otra razón, es por la que apoyo a Bernie Sanders y creo que tú también deberías hacerlo. Bernie es la persona mejor situada para impulsar un movimiento amplio con la oportunidad de ganar poder, y también para reorganizar alianzas políticas en torno a la solidaridad de clase y racial, a diferencia de las divisiones que nos imponen los intereses corporativos. Lo hizo en Vermont, tal vez no al nivel de nuestras fantasías socialistas más elevadas, pero sin duda de una manera transformadora y duradera. Y cuando observamos el estado de la política estadounidense, donde un populista de derecha como Donald Trump ha captado la atención de una gran parte del electorado republicano con un mensaje no convencional, vemos la necesidad urgente de que nosotros demos batalla por una nueva mayoría en este país, basada en la unión y no en el odio.
En su tierra, Bernie Sanders continúa manteniendo unida la coalición que ha construido con políticas que se mueven más allá de la guerra de trincheras partidarias. Es reconocido por su apoyo a los veteranos de guerra de Estados Unidos así como sus esfuerzos para auditar la Reserva Federal (ambas cuestiones normalmente consideradas conservadoras). Sorprendentemente es muy querido por muchos de sus colegas republicanos en el Congreso, no como alguien que habla de béisbol con ellos, sino como una persona que no habla de una manera y actúa de otra. En un reciente discurso en la conservadora Christian Liberty University, Bernie utilizó una herramienta retórica que ha sido común a lo largo de su carrera; dijo a la audiencia, “no podemos estar de acuerdo en todo pero podemos estar de acuerdo en la injusticia que supone la desigualdad y en la corrupción y la disfunción que define nuestro sistema”.
Así como las primarias revelan profundas divisiones en cada uno de los partidos, también manifiestan una división aún más profunda entre las culturas conservadoras y progresistas en el país. Nadie parece ser capaz de imaginar un escenario peor que la victoria de un candidato del partido contrario. Más allá del mensaje de transformación económica y política de Bernie, él también nos muestra cómo se puede reimaginar nuestra política fracturada en el siglo XXI. La posibilidad de una presidencia de Bernie Sanders nos proporciona una importante, aunque sólo sea parcial, hoja de ruta para superar la traba de la cultura política que nos ha dominado.
La última vez que visité Vermont con mi esposa, fuimos a ver a mi abuela de 90 años, una ciudadana de Vermont ávida seguidora de golf y de programas de entrevistas políticas. No nos sorprendió terminar hablando de las elecciones, y nos contó que uno de sus hijos, mi tío, estaba tratando de convencerla de votar por Bernie. Ella seguía indecisa. Conoció a Bernie durante décadas, le gusta y confía en su juicio, pero quiere ver una mujer presidenta antes de morir. Fue un argumento fuerte y simple, que consideré muy seriamente.
Mi esposa le respondió que su país ha tenido una mujer presidente progresista, Cristina Kirchner, durante la mayor parte de la década pasada y que, si bien ella entiende lo histórico que sería para nosotros, ¿acaso sería comparable con tener un presidente socialista en el país más capitalista y poderoso del mundo? Un momento, dijo mi abuela, no con desconfianza pero si como desempolvando una idea que ella no había considerado en un largo tiempo, ¿Son ustedes socialistas? Nos miramos el uno al otro y tras una breve pausa, dubitativos, mi esposa contestó “si, supongo que si eso es lo que hace falta, lo somos”. Los ojos de mi abuela se abrieron un poco de sorpresa o de picardía, o quizás en un intento de absorber a su nieto y nieta política y la ola de ideas nuevas y viejas a la vez. Bueno, contestó -sus palabras fueron lentas y cuidadosas-, “mira nomás“.
La próxima vez que visite mi familia, espero estar celebrando la última intervención de Vermont en el curso de la historia de Estados Unidos. En el mejor de los casos vamos a celebrar la elección del primer presidente socialista democrático del país. Pero incluso si Bernie pierde, creo que su campaña ha creado un espacio para imaginar una nueva era en la política progresista. De cualquier modo, el mensaje de la revolución política de Bernie va a ser transmitido a una nueva generación de jóvenes, un terreno para que construyamos un futuro mejor.
Enero 2016
Traducción: Mercedes D’Alessandro y Pablo Polosecki para:
http://www.vecinosenconflicto.blogspot.com.ar y editado por VIENTO SUR
Notas:
1/ Comité de acción política, grupo de presión privado para influencias en la política. Ver:https://en.wikipedia.org/wiki/Political_action_committee
viernes, 29 de enero de 2016
“YO HAGO UN PERIODISMO SIN COMPLEJOS”
Relato de un viaje que iba a ser imposible... pero que ya es realidad.
La entrevista completa de Arturo Arias-Polo a Juan Manuel Cao sobre la cobertura de la crisis migratoria.
¿Cómo se organizó la cobertura?
En el programa El espejo llevábamos más de dos meses siguiendo de cerca la crisis. Intentamos ir a Puerto Obaldía, en Panamá, donde en ese momento había más de 800 cubanos varados, pero nuestro canal se encontraba en medio de una disputa legal y no fue posible coordinar el viaje. Zanjado el caso judicial, la nueva directiva me propuso viajar hasta Costa Rica, convivir con los refugiados y luego seguir toda la ruta hasta Miami. Fueron 10 días de cobertura continua y más de 5 mil Kilómetros de recorrido por carretera.
¿Qué diferencias encuentras entre la cobertura realizada por los medios en inglés y la de los medios hispanos?
No sé. No he visto la cobertura de los otros canales. Por allá, por los campamentos de La Cruz, Costa Rica, supe que estuvo el New York Times, y me topé con una reportera de NBC, pero no he leído ni he visto lo que hicieron. Aunque tal vez sea mejor que no le presten mucha atención a la noticia, y evitar así un brote de xenofobia. Lo interesante de este caso es que se produce en medio de un ambiente anti-inmigrantes a nivel mundial. Cerca de la frontera con Nicaragua, vi en el televisor de una cafetería, un reportaje sobre la manifestación masiva que se realizó en Colonia, Alemania, al grito de que se vayan los extranjeros. Y aquí en USA, Donald Trump sigue liderando las encuestas gracias al mismo mensaje. Mal momento para todos los éxodos.
¿Podrías describirme el recorrido que hiciste siguiendo a los migrantes cubanos?
DE MIAMI A COSTA RICA
Partimos de Miami, rumbo a San José, Costa Rica, donde había una treintena de cubanos presos porque llegaron tras el cierre de la frontera tica: ellos enfrentaban la posible deportación. Allí recibimos de Teletica apoyo y coordinación para la cobertura. Especial agradecimientos a Ignacio Santos, su director de noticias, y al reportero Álvaro Sánchez, con quien manejamos seis horas hasta la ciudad de Liberia, donde hay varios albergues de cubanos y donde está el aeropuerto internacional del que días después despegó el primer vuelo. Luego, tras 45 minutos más de carretera, llegamos a La Cruz: una tranquila localidad limítrofe de 11 mil habitantes, cuya bucólica paz ha sido alterada por cerca de 2 mil cubanos que, tras el cierre de la frontera nicaragüense, terminaron por constituir, en tres meses, el 20 por ciento de la población local.
Plantamos en un motelito del pueblo y durante cinco días convivimos con los refugiados en los campamentos de La Cruz. Como no nos permitieron volar con ellos hasta El Salvador, ni acompañarles en los autobuses a través de Guatemala, hicimos un periplo maratónico, para poder adelantarnos y recibirles en la frontera mexicana. Cuatro despegues y cuatro aterrizajes en apenas 16 horas: de Liberia, en una avioneta checa hasta una apartada y hermosa playa llamada Tamarindo, con pista de piedra y un paisaje montañoso digno de una postal turística. Luego a despegar en la misma pista saltarina hasta San José, y de allí hasta el D.F. México, donde en la noche abordamos un atestado avión que nos dejó en el aeropuerto de Tapachula, con lluvia y sin taxis, trasladándonos en una camioneta descubierta, rezando para que nuestros equipos no se mojaran demasiado. A la mañana siguiente, otros 45 minutos hasta Ciudad Hidalgo, a donde llegaron luego los cubanos tras haber atravesado sin detenerse El Salvador y Guatemala. 42 de ellos, previo acuerdo, subieron a un autobús rentado por nuestra empresa. Y allí empezó la gran Aventura de cruzar México de sur a norte:
ATRAVESANDO MEXICO POR CUENTA PROPIA
De Ciudad Hidalgo, nuevamente a Tapachula, para entonces ir atravesando la selva hasta Tuxtla Gutiérrez, la capital de Chiapas, donde no pude evitar la pregunta de si la guerrilla Zapatista aún seguía activa, o por cuáles de esos parajes se ocultaba el subcomandante Marcos. El chofer me respondió con ironía que estaría peleando en algún hotel de París.
La próxima parada fue en Veracruz, donde coincidimos con un grupo de africanos que al parecer hacía la ruta ilegalmente hasta la frontera. Seguimos sin parar hasta Puebla y de allí bordeando el D.F. hasta San Luis Potosí. Subiendo y bajando la Sierra Madre, a dos mil quinientos metros de altura, con frío y asombro ante el imponente espectáculo de la naturaleza. Luego, sin parar, hasta Monterrey. Esa noche nos tocó dormir en el autobús, apretados y tensos: pues teníamos la opción de acortar camino hasta Matamoros, pero eso significaba adentrarse en territorio de los Zetas, de modo que el chofer aconsejó perder tiempo y ganar seguridad.
Yo hubiese preferido no parar en medio de la noche, pero fue inevitable. Comimos en cierta taquería, al borde de la ruta, en la que el humo de la parrilla le agregaba un aire tenebroso al sitio, y donde al fondo, justo en la mesa más apartada, iluminados sólo por el reflejo de las velas colocadas a la virgen guadalupana, había tres hombres tomando Tecate, y bajo la mesa, muy a mano, asegura nuestro camarógrafo Luis Quián, varias ametralladoras Uzi. "El Pelusa", uno de los refugiados, dice que no les vio la menor intención de ocultar las armas, Y Alexis Ardines, el productor de El espejo, jura que cuando llegamos, uno de los capos colocó la ametralladora encima de la mesa. Pero 40 cubanos juntos, hablando alto, excitados por el olor a carne asada, pueden resultar más intimidantes que tres charrasqueados, y la mayoría, incluyéndome, no se percató del gaje. Además, la carne, a pesar de que era sacada de un cubo en el piso, sin refrigeración ni guantes, estaba buenísima, y los tacos insuperables.
En otro trayecto del camino el chofer tuvo que esquivar varias piedras enormes colocadas para forzar la parada del vehículo. Cuando llegamos a Nuevo Laredo, según la cuenta del Fidelio Guillén, representante del grupo Pegaso que nos guió durante todo el trayecto, 14 retenes habían detenido y requisado el bus, siempre con la incertidumbre de no saber de antemano si se trataba de autoridades legítimas o falsas. Guillén, mexicanísimo, amable y compartidor, terminó tan emocionado que al llegar a la frontera grito: ¡Viva Cuba! Nos despedimos con fuertes abrazos.
LLEGAR A LA META
Los 42 cubanos cruzaron a pie el puesto fronterizo de Nuevo Laredo, agitados y tensos, fueron inspeccionados e interrogados durante todo el día, el último de ellos salió a las dos de la madrugada. Esa mañana el canal rentó otro autobús e iniciamos la ruta desde Laredo, Texas, hasta Miami; ruta que incluyo el paso por Houston, el sur de Louisiana, parte de Mississippi, Alabama y el Panhandle de La Florida, dormir otra noche en la carretera, luego bajar por toda la península hasta Orlando y finalmente hasta las instalaciones de nuestro canal en Hialeah Garden.
¿Qué fue lo que más te impresionó en el recorrido?
Los niños. Y sobre todo las niñas. Hay que sacarles a todos de allí lo antes posible. Esas no son condiciones para menores de edad. Sin escuela, conviviendo con adultos desconocidos, en un hacinamiento poco saludable para su salud mental y física, sin asistencia psicológica. Es un horror. Hay que realizar una gran operación de rescate de esos menores. Es urgente.
Como exiliado cubano ¿sentiste alguna conexión, a nivel personal, con la situación de estas personas?
Imposible no establecer una relación emocional: son nuestros compatriotas, es nuestro propio dolor, somos víctimas de la misma dictadura, son el último capítulo del mismo éxodo al que pertenecemos, es nuestra sangre. ¡Al carajo el periodismo imparcial y antiséptico!
¿Qué criterio predominó en la selección de los cubanos que pudieron montar al ómnibus?
Simplemente preguntamos quiénes venían para Miami. Muchos no tenían dinero para pagarse la segunda parte del largo viaje. Ellos mismos elaboraron la lista. No escogimos a nadie. Algunos se quedaron en Tampa, o siguieron por su cuenta cuando cruzaron la frontera.
Se sabe que la mayoría de las personas que salen de Cuba dejan familia en la isla y en muchos caso sienten miedo de hablar con los medios. ¿No piensas que se vieron presionados a hablar al verse montados en un ómnibus alquilado por un canal de televisión?
La verdad es que no hicimos muchas preguntas políticas, todo el tiempo tuvimos muy presente que se trata de una crisis humanitaria, quienes emitieron criterios políticos lo hicieron espontáneamente.
¿Compararías esta cobertura con alguna otra que hayas hecho a lo largo de tu carrera?
Bueno, yo reporté la crisis de los balseros en la primera mitad de los noventa, y estuve varias veces en la base naval de Guantánamo, donde llegaron a acumularse más de 30 mil refugiados, estuve en los campamentos de Panamá, y en los de Gran Caimán, y de Bahamas, donde también hubo miles de refugiados. Este es el último capítulo de un mismo éxodo que empezó en la década del 60. Cada uno con sus características particulares, pero el telón de fondo es el mismo, el sufrimiento, el desgarro, el desasosiego, es el mismo.
PERIODISMO SIN COMPLEJOS
En circunstancias de crisis como estas ¿se vale que el periodista se involucre a nivel afectivo y termine participando en la historia y haciendo en lo que inglés se le llama “activist journalism”?
He revisado los reportajes que hice en esta cobertura para los noticieros y no veo ninguno en el que me involucre más allá de lo que las normas periodísticas requieren. En todos me limito a describir los hechos y a hacer preguntas. Prácticamente no doy una sola opinión, salvo en el programa El espejo, que es para eso. Mis reportajes noticiosos no difieren mucho de los de otros medios.
Visto así, ¿qué significa involucrarse a nivel afectivo? En mis reportajes no hay nada de eso. Sólo a la llegada me emocioné, cuando otros periodistas decidieron entrevistarme, y en ese caso ya no estaba en el rol de reportero. Hasta el final cuidé bien las distancias, de hecho fui el ultimo en bajarme del bus, y esperé para ello un tiempo prudencial, tenía bien claro que ellos eran la noticia, y no yo. Esperé incluso a que empezaran a entrar al edificio. Sólo bajé cuando vi a mis hijos y a mi esposa por la ventanilla, pues llevaba dos semanas lejos de ellos. Otra cosa es mi programa, El espejo, que es un espacio de opinión, repito. Yo no alquilé el autobús, sólo los acompañé en el viaje. El ómnibus lo puso la empresa donde trabajo y es a ellos a los que se les debe preguntar. Yo, simplemente cumplí mi asignación, que entre comillas no fue nada fácil, ni cómoda.
SER HONESTO ES MAS IMPORTANTE QUE SER IMPARCIAL
Por otra parte, la imparcialidad pura, en periodismo, es una falacia. Lo verdaderamente importante es apegarse a la verdad, es decir, a los hechos. Y el hecho concreto es que estamos ante una crisis humanitaria de orígenes políticos. Además, hago periodismo de opinión y no lo oculto. Lo deshonesto es ocultar las opiniones y disfrazarlas de reportajes investigativos. Buscarse expertos que reafirman los prejuicios del articulista y no tener el coraje de decirlo con voz propia. Lo que no se vale es dar opiniones como si fueran hechos. Cuando opino todo el mundo sabe que estoy opinando. Eso es ser honesto, que me parece más importante que ser imparcial. Los americanos le llaman "activist journalism" cuando son otros lo que lo hacen, pero cuando son ellos, usan nombres más bonitos. Fueron los americanos los que inventaron el neoperiodismo, el gonzo y todas esas aplaudidas vertientes de la crónica donde el reportaje se mezcla con la subjetividad del narrador. Además, ¿no fue "activist journalism" lo que hizo el New York Times con sus seis o siete editoriales adelantando la nueva política de La Casa Blanca hacia Cuba y preparando a la opinión pública para el restablecimiento de relaciones? El N.Y.T. actuó como vocero del poder y nadie fuera de la comunidad cubana, lo critica. Todos los americanos matan por recibir el premio Pulitzer, y Pulitzer fue uno de los máximos exponentes del periodismo amarillo. Yo simplemente hago un periodismo sin complejos.
LOS NIETOS DE LA REVOLUCION
Muchos cubanos del exilio están expresando su rechazo a los cubanos que están llegando desde Costa Rica. ¿A qué lo atribuyes?
El exilio ha sido demasiado largo. 56 años de dictadura es mucho tiempo. Ya vamos por la tercera generación. La primera oleada de exiliados estuvo conformada por aquellos que de un bando o del otro, protagonizaron la revolución. Todos habían vivido el capitalismo, conocían las reglas del juego de una sociedad democrática. Por lo tanto, les fue fácil integrarse, e incluso tener éxito. Se trataba, en gran parte, de la élite empresarial, política e intelectual de aquella Cuba agitada, pero prospera, muchos de ellos hablaban inglés o habían estudiado en universidades norteamericanas.
La segunda oleada fue la de los hijos de la revolución, y se puede marcar a partir del Mariel, incluyendo a los balseros del 94, o a los quedaditos en el llamado exilio de terciopelo. Estos exiliados ya habían gastado al menos dos décadas (o más) de sus vidas en el comunismo y habían sufrido las distorsiones que esta experiencia presupone. Pero al menos habían recibido de sus padres la enseñanza oral de cómo era la vida antes del castrismo. Les costó un poco más adaptarse, pero lo lograron. Y el que no se adaptó fue eliminado por esa suerte de mecanismo darwiniano que los condujo a la cárcel, o a la tumba. Los que jugaron a serScarface ya sabemos cómo terminaron.
Esta que estamos viviendo ahora es la tercera ola: la de los nietos de la revolución. Sus padres nacieron dentro de la dictadura y por lo tanto no pudieron transmitirle la memoria de un pasado que ellos tampoco habían vivido. Es lógico que a estos muchachos les cueste más adaptarse, pues tienen referencias muy vagas sobre los mecanismos de una sociedad de mercado, y mucho menos de una democracia. Conversando con ellos te percatas de que la mayoría no sabe delimitar bien las fronteras entre gobierno y sociedad civil, entre propiedad privada y estatal. Pocos han escuchado hablar de la separación de poderes. Prácticamente ninguno entiende cómo funciona la bolsa de valores, qué es una hipoteca, un préstamo a plazo fijo, o un seguro de vida. Aunque la mayoría expresa deseos de trabajar duro, en realidad no todos tienen una verdadera ética laboral porque crecieron bajo un sistema desestimulante.
Por lo tanto, es injusto juzgar a estos nietos de la revolución con los parámetros de quienes llegaron antes. Lo inteligente es ayudarles. Es lógico que los exiliados más viejos no se sientan identificados o reconocidos en estos jóvenes que no solo se comportan de manera diferente, sino que gesticulan, hablan, o se visten distinto. Cada uno se mueve en diferentes escalas de valores.
A quienes les ha costado tanto trabajo insertarse en esta nueva vida les molesta instintivamente estos nuevos compatriotas que de alguna manera los hacen quedar mal ante el resto de la sociedad norteamericana. Lo inteligente sería tratar de encontrar puntos en común, pues a pesar de la distancia en el tiempo y la experiencia, aún sobreviven muchos. Basta compartir un café y unas cuantas anécdotas para encontrarlos.
Lo irónico es que nos pasamos la vida denunciando la represión en Cuba y cuando no topamos con cubanos temerosos de hablar, nos asombramos. Nos pasamos la vida denunciado el adoctrinamiento, y cuando escuchamos a cubanos adoctrinados, nos molestamos. Vivimos advirtiendo sobre la destrucción de valores y cuando nos topamos con el fruto de ese sistema destructor, reaccionamos como si ante nosotros tuviéramos al victimario y no a la víctima.
¿Piensas que la supuesta solidaridad entre cubanos es cosa del pasado?
No. La solidaridad entre cubanos está pasando una prueba difícil, tal vez una crisis de identidad, o un periodo de readaptación, pero en el fondo sigue ahí, latente. De hecho son muchos a los que, a pesar de los recelos, he visto dispuestos a abrir el corazón a esta nueva tragedia humanitaria, e incluso dispuestos a convertir ese sentimiento en hechos concretos. Pero hay que tomar en cuenta que esta tragedia ha sido demasiado larga, y que la gente está cansada, porque han sido muchas las decepciones. Hay que tener paciencia. Los exiliados históricos con los recientes. Y viceversa.
Tomado de : http://www.elblogdemontaner.com/yo-hago-un-periodismo-sin-complejos/
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