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sábado, 20 de febrero de 2016

El socialismo norteamericano de Bernie Sanders

ELECCIONES EN E.E. U.U.


ETHAN EARLE


Lunes 15 de febrero de 2016


Bernie Sanders







Ethan Earle
Nací en Carolina del Norte, aunque mis padres son de Vermont. Crecí haciendo largos viajes de verano por la costa este para visitar a nuestra familia en Burlington, la ciudad más grande del estado con tan solo 40 000 habitantes. Fue en uno de esos viajes, en algún momento de los noventas, cuando escuché por primera vez acerca de Bernie Sanders y su versión tan particularmente norteamericana del socialismo democrático.
Vermont es un pequeño y extraño lugar. Es el número 49 de cincuenta estados, tiene solo 626 000 habitantes y la mayoría de ellos vive en pequeños pueblos agrícolas que salpican las Green Mountains en toda su extensión. La población de Vermont se jacta de su autosuficiencia marcada por un perfil tozudamente independiente y ocasionalmente revolucionario. El Estado fue fundado por una milicia separatista durante la Guerra Revolucionaria. Luego sería el primer Estado en abolir la esclavitud y jugaría un papel crucial en el llamado Underground Railroad (ferrocarril subterráneo), que ayudó a ocultarse a esclavos fugitivos en su terreno sinuoso y los escoltó a través de la frontera norte con Canadá. Durante mi infancia, escuchaba estas historias como pruebas de que la población de Vermont es gente comprometida que no se toman a bien las injusticias o el doble discurso político.
En 1980, Bernie Sanders (nacido en Brooklyn) entró en el escenario político por la izquierda como candidato independiente a la alcaldía de Burlington, describiéndose a sí mismo como socialdemócrata. Derrotó por 10 votos al candidato oficialista que se presentaba a su quinta reelección, y luego fue reelegido 3 veces. Durante su período como alcalde, Bernie fue ampliamente reconocido como un izquierdista sin pelos en la lengua, pero también como un administrador eficiente. Fue él quien abrió la primera comisión de la mujer en la ciudad, apoyó el desarrollo de cooperativas de trabajadores e inició uno de los primeros y más exitosos experimentos de viviendas comunales financiadas por el Estado. Esta última medida aseguró garantizar viviendas accesibles para sectores de ingresos bajos y medios, y frenó el proceso de gentrificación en medio de un proyecto para revitalizar la zona rivereña, que de lo contrario habría transformado el centro de la ciudad. Bernie el izquierdista, invitó a Noam Chomsky a hablar en la casa de gobierno y viajó a Nicaragua para conocer a Daniel Ortega y hermanar una ciudad sandinista. Bernie el administrador, mantuvo equilibrado el presupuesto de la ciudad y fue parte de la transformación de Burlington en una de las ciudades más lindas y habitables de Estados Unidos.
En 1990, Bernie se presentó como candidato para la cámara de representantes de Estados Unidos y se convirtió en su primer miembro independiente en cuarenta años. Rápidamente fundó el Congressional Progressive Caucus, que hasta el presente es uno de los pocos baluartes de izquierda en el Capitolio. Criticó a políticos de ambos partidos por subordinarse a la lógica corrupta de Washington. Se reveló como un político serio, con un mensaje directo y franco, y alarmado por las crisis que enfrenta nuestro país. Si bien a veces sus modales pueden parecer hoscos y sus aptitudes sociales escasas, nunca hubo dudas acerca de su devoción por el trabajo. Bernie pudo emerger como una voz calificada a nivel nacional en temas que van desde la desigualdad en los ingresos a la cobertura médica universal, la reforma de la campaña financiera y los derechos LGBT. También fue uno de los primeros críticos prominentes de la guerra de Irak y los programas de vigilancia interna como la Ley Patriota (Patriot Act).
Básicamente, Bernie mantuvo el camino que él mismo se había propuesto desde el principio, el del un progresista imperturbable que basa su trabajo en una independencia sólida y la obstinación para que se hagan las cosas. De nuevo en Vermont, donde desde 2006 ha sido senador, Bernie continuó incrementando su popularidad y ganó con el 71 % de los votos en su elección más reciente, consiguiendo la mayor tasa de aprobación de todos los políticos de Estados Unidos. Su reconocido rechazo a las campañas de desprestigio, así como su compromiso en encontrar terrenos comunes con figuras políticas de otros bandos, solo han fortalecido su reputación. Precisamente, su mayor logro y el secreto de su éxito, ha sido construir un nuevo consenso político en el estado de Vermont. Por supuesto, él interpela a los liberales más acérrimos pero saca su fortaleza real de familias trabajadoras blancas de las pequeñas ciudades, no tan conocidas (al menos en las décadas recientes) por sus inclinaciones socialdemócratas.
Mi familia es una familia de peluqueros, a los que se suman un par de enfermeras y electricistas. Somos una familia de cazadores y fanáticos de Katy Perry. Somos una familia a la que la cultura política contemporánea le ha hecho creer que su voz no cuenta. Y puedo decir, con total honestidad, que Bernie Sanders ha hecho pensar distinto a mi familia. De cara a las próximas elecciones primarias, casi todos ellos – propensos a votar a los republicanos en cualquier otra elección – darán su voto a Bernie Sanders. Cuando estoy en Vermont no solemos hablar de política pero cuando lo hacemos hablamos de Bernie. Puedo escuchar a mi tía decir “Quizás no estoy de acuerdo con todo lo que él dice o hace, pero se que él sabe lo que dice y cree en lo que hace. Se que él nunca nos entregaría y que siempre nos dirá las cosas de frente”.
El éxito del senador Bernie Sanders, en una campaña engañosamente quijotesca para convertirse en el 45 presidente de Estados Unidos, ha despertado extrañas animosidades en la opinión pública. Bernie atrajo multitudes mucho más grandes y generó más entusiasmo que cualquier otro candidato de los dos partidos. Durante 2015 su campaña recibió 73 millones de dólares de más de un millón de individuos y un récord de 2,5 millones de contribuciones en total. Está recibiendo una gran cobertura mediática en las portadas de los medios más importantes de Estados Unidos y es el tema central en numerosostweets, mms y conversaciones de internet en general. Tan solo 6 meses antes, su principal contendiente, la todavía favorita Hillary Clinton -ex secretaria de Estado, senadora, primera dama y niña mimada del establishment demócrata- se situaba como la candidata más imparable para toda una generación. Al escribir estas líneas, a mediados de enero, ella se aferra a una ventaja de 7 puntos a nivel nacional y está igualada en las elecciones de dos estados en las primarias, estados que históricamente han sido la referencia para el resto del país (Iowa y New Hampshire). Lo que es más increíble aún, es que Bernie Sanders está haciendo todo esto sin dinero de corporaciones y sin recibir el apoyo del establishment, proclamando las virtudes del socialismo democrático y diciéndole a quien quiera escucharlo que este país necesita una revolución política.
Después de décadas trabajando en política, no debería ser ninguna sorpresa que el programa para la campaña de Bernie sea amplia y detallada, meticulosa se podría decir. Quizás meticulosa pero no confusa: no ha dejado lugar a dudas de que su mayor preocupación es la desigualdad que define cada vez más a la economía estadounidense. Propone subir el salario mínimo de 7,25 a 15 dólares hacia 2020. Promete crear millones de puestos de trabajo a través de programas federales de infraestructura y programas para la juventud. Dice que va a expandir la seguridad social, proporcionando educación gratis en todas las universidades públicas y extendiendo la cobertura de salud a toda la gente a través de un sistema de pago único. Su plan para financiar estos programas es simple: subir impuestos a los ricos y a las grandes corporaciones, y cobrar impuestos a la especulación financiera.
En sus historias, Bernie cuenta cómo Estados Unidos se convirtió en uno de los países con mayor desigualdad en el mundo, y pone especial énfasis en la responsabilidad de las instituciones financieras en la crisis del 2007-08. Lamenta que ni un solo ejecutivo haya sido encarcelado por su papel en estos episodios, y muestra el contraste existente con un sistema de justicia que ha encarcelado a millones de personas de bajos recursos por delitos menores. Propone la implementación de una versión siglo XXI de la Ley Glass-Steagall, la que impidió que los bancos comerciales participaran con bancos de inversión a partir de 1933 y que luego fue derogada bajo la mirada aprobatoria del presidente Bill Clinton en 1999. Recientemente anunció que, de ser elegido, en su primer año disolvería todas las instituciones financieras que alguna vez fueran consideradas “demasiado grandes para caer”.
Sin embargo, su ardiente y popular versión económica no explica por qué millones de personas han llegado al “Feel the Bern”, el viral hashtag (#feelthebern hashtagTwitter) que se ha convertido en un eslogan para la campaña. En realidad, podría decirse que le está hablando a un momento más amplio de la historia de nuestro país. Las deudas personales y la desigualdad económica están en niveles récord, y la generación que hoy en día es mayor de edad ha sido criada en medio de la guerra de Irak y la Gran Recesión. Esta generación creció entre resabios del sueño americano aunque su realidad fue la de una movilidad descendente para la mayoría, mientras solo ascendían una pequeña élite y unos pocos afortunados. En este contexto, Bernie denuncia que el sistema no solo está roto sino que está diseñado para perpetuar el control por parte de una pequeña élite políticamente arraigada con intereses capitalistas, y es eso lo que ha prendido fuego en su campaña de forma tan llamativa.
Además de sus propuestas económicas, la otra pieza fundamental de la campaña de Bernie es su llamamiento a expulsar a las grandes corporaciones y a su dinero de la política. Bernie defiende a viva voz una reforma integral de la financiación de las campañas, incluyendo la derogación de la decisión de la Corte Suprema sobre el caso Citizens United y la abolición de los super PACs/1, que en conjunto han permitido que el dinero corporativo ejerza cada vez mayor control sobre el proceso electoral. Bernie nos recuerda que él es el único candidato sin un super PAC y que su campaña está alejada de las corporaciones, financiada en gran parte por pequeñas donaciones y contribuciones un poco más grandes de sindicatos. La campaña de Hillary, en cambio, está sustentada en su mayor parte por ricos y corporaciones; seis de sus diez principales contribuyentes son bancos.
Bernie cree que las corporaciones han tomado el control de la democracia norteamericana, y es aquí en donde retoma su idea de la revolución política. En cada discurso llama la atención sobre esto y siempre es inequívoco: ni él ni ningún otro político puede hacer los cambios necesarios solo. La idea de revolución política de Bernie comienza con el pueblo estadounidense saliendo a votar masivamente, recuperando nuestra democracia, y exige reformas que aumenten nuestro control sobre la economía nacional y el proceso político.
No sorprende que los poderosos no estén contentos con Bernie y la mayor ofensiva la haya tomado el establishment demócrata (lo que también, por desgracia, es lógico). Su candidata, Hillary Clinton, ha recibido hasta ahora 455 avales de los gobernadores y representantes en el Congreso, mientras que solo 3 han sido para Bernie Sanders; ella ha sido respaldada por 18 sindicatos que representan a 12 millones de trabajadores frente a 3 sindicatos que acompañan a Bernie, que a su vez representan a 1 millón de trabajadores. Entre los llamados superdelegados -una desagradable particularidad del sistema electoral de Estados Unidos, quienes en conjunto constituyen cerca de un tercio de los votos del partido, y no tienen la obligación democrática de honrar las decisiones de sus votantes- las preferencias por Hillary tienen una ventaja de 45 a 1. El Comité Nacional Demócrata, por su parte, ha tratado de limitar las oportunidades de debate (y audiencia) en un esfuerzo para proteger la ventaja de Clinton, llegando incluso a eliminar la campaña de Bernie Sanders de su base de datos en un desmesurado castigo por una ofensa menor (y disputada). Mientras tanto, los charlatanes del establishment han disparado contra Bernie diciendo que es incapaz de ganar una elección general, a pesar de las numerosas pruebas en contra de esa idea.
Los partidarios de Hillary con las mejores intenciones dirían “Ella tienen más opciones de ganarle a cualquier loco peligroso que surja en esta especie de lucha libre que son las primarias republicanas”. Dirían también que ella tendrá más posibilidades de hacer las cosas que propone una vez en el gobierno. La política es desagradable y el Partido Republicano se ha redefinido tanto por su obstruccionismo tanto como su fanatismo. Hillary podrá no ser pura, pero es la persona del partido demócrata capaz de forzar al menos un par de reformas positivas en nuestro gobierno disfuncional. Los partidarios de Hillary también dirían que ya es hora de que elijamos una presidenta mujer, después de más de dos siglos ininterrumpidos de gobierno de varones.
Yo respondería que Clinton representa hasta tal punto lo que es disfuncional en nuestro sistema político actual, que es difícil que pueda hacer algo al respecto. Ella está tan estrechamente ligada a Wall Street como cualquier político de ambos partidos. Votó a favor de la guerra de Irak y se mantiene fiel al ala bélica del Partido Demócrata, una sección ampliamente desacreditada del intervencionismo liberal. Clinton está muy volcada a su objetivo de ganar poder, mientras que Sanders ha mantenido valores consistentes durante más de treinta años en cargos de elección popular. Sin duda, el simbolismo de la elección de una presidente mujer es importante, un acontecimiento potencialmente histórico que rivalizaría con la elección de Barack Obama como el primer presidente afroamericano de nuestro país hace ocho años. Sin embargo, también hemos visto las limitaciones del simbolismo en la política durante la administración del presidente Obama, con el ingreso medio y la riqueza de afroamericanos en declive, mientras que la disminución de las tasas de encarcelamiento continúan a un ritmo aparentemente inexorable, a la vez que la deportación de los inmigrantes latinos ha alcanzado niveles récord. Por otra parte, el valor de este simbolismo se puede ver compensado por la alternativa de elegir un presidente con un plan y un mandato que cambie la forma de funcionar de Washington y de nuestro país en general.
Como era esperable en lo que llamaré, en un sentido amplio, “la izquierda“, los debates sobre estas elecciones se han vuelto bastante desagradables en los últimos meses. La insistencia de Bernie en no utilizar técnicas negativas de campaña – y Hillary en un lugar confortable como ganadora- mantuvieron las cosas en buenos términos. Pero a medida que la campaña se fue calentando y la ventaja se redujo, legiones de seguidores de Hillary han salido a los medios de comunicación a descalificar a los partidarios de Bernie como sexistas. Los seguidores de Bernie, por su parte, fueron sarcásticos y en ocasiones políticamente incorrectos – aunque generalmente correctos al juzgar sus posiciones y logros – y respondieron que Bernie apoyó políticas y medidas que son mucho más progresista para la igualdad de las mujeres que las que Hillary propone (al menos, más allá de los escalafones más altos de las profesionales). Estas discusiones, si bien tienen el potencial para dar lugar a un debate necesario sobre las diferencias entre el feminismo liberador y el feminismo corporativo, en general han sido lideradas por fanáticos y no han progresado (al menos por ahora) mucho más allá de insultos superficiales al estilo Twitter.
Más a la izquierda, los sospechosos de siempre, han salido de la nada para acusar a Bernie de no ser el portador de la verdadera revolución. Le acusan de un sinnúmero de desviaciones estilo “pecado original” relacionadas con su falta de alineamiento pleno con alguna estructura particular (y esotérica) de pensamiento político. Algunos dicen que él está actuando como un “perro pastor“ para el Partido Demócrata, atrayendo jóvenes descontentos a su seno -no les importa que él haya sido independiente la mayor parte de su carrera y que ahora se convirtió en el enemigo público Nº 1 del establishment demócrata-. Otros, nunca le perdonarán ser un socialdemócrata cuando él se ha etiquetado tan claramente a sí mismo como un socialista democrático. Y finalmente, están aquellos que piensan que Bernie ha caído en desgracia por su voto en tal o cual política exterior demostrando ser como todos los demás; sin que les importe que critique abiertamente la historia de imposiciones de regímenes en el exterior de nuestro país o que sostenga que el cambio climático representa una amenaza a nuestra existencia mayor que la del terrorismo, a pesar de la exaltación al miedo por parte de los medios. Aunque irrelevantes para la conciencia política dominante, estas patologías son dignas de mención en la medida en que se han agudizado y clarificado diferencias dentro de la vasta izquierda socialista –entre quienes van a donde está la gente y construyen políticas sobre la base de realidad existentes y quienes prefieren situarse al margen de la historia y girtan a quienes no están con ellos.
Pero más interesante y relevante para el momento actual de la política de Estados Unidos es el debate que se inició durante Netroots Nation, una destacada convención política progresista. Activistas del movimiento Black Lives Matter (BLM) interrumpieron un discurso de Bernie para llamar la atención sobre la violencia policial en contra de la comunidad negra y exigir la adopción de una agenda política más directa para desmantelar el racismo estructural en los Estados Unidos. La respuesta de Sanders fue ridiculizada por algunos con desdén, como fuera de lugar. Sus intentos iniciales por remarcar su propio historial en relación a la justicia racial y vincular la cuestión del racismo con las políticas económicas diseñadas para aliviar la desigualdad, no ayudaron. Unas semanas más tarde, un grupo de activistas de BLM con sede en Seattle interrumpió otro discurso Bernie Sanders, esta vez en un acto para celebrar los 80 años de la Seguridad Social. Los manifestantes tomaron el micrófono antes que Bernie pudiera hablar, no le permitieron responder a sus críticas y acusaron a la ciudad de Seattle de “liberalismo con supremacía blanca” en respuesta a los abucheos de la audiencia. El evento fue cancelado.
Después de este segundo acontecimiento, la campaña de Sanders dio a conocer un programa de justicia racial (presumiblemente elaborado después de la primera intervención) que abrió con un gesto explícito a las demandas de BLM y otros activistas, citando los nombres de las mujeres y hombres de color recientemente asesinados por la policía. Continuó abordando directamente la cuestión de la violencia física perpetuada por el Estado y los extremistas de derecha contra hombres y mujeres afroamericanos, y luego enumeró una lista de propuestas y demandas que abordan también cuestiones de la violencia desde lo político, jurídico, económico y ambiental. Este nuevo programa ha sido aplaudido por los líderes del movimiento BLM.
La primera intervención de BLM proporcionó un ejemplo de dos movimientos progresivos distintos pero superpuestos, en conversación crítica y productiva. El último, en cambio, mostró que ambos pueden entablar por momentos un diálogo de sordos. Bernie, un hombre judío blanco de 74 años de edad, del segundo Estado más blanco de los Estados Unidos (96,7%), al principio fue lento en reconocer la urgencia de este momento en la justicia racial, al igual que reconoció la falta de perspectiva al incluir los reclamos de BLM en una plataforma de justicia económica preexistente. Los activistas de BLM fueron oportunistas al explotar esta óptica a expensas de alguien que fue -como mínimo- un buen aliado blanco de los movimientos de justicia racial, desde que marchara en 1963 con Martin Luther King Jr. Su táctica, si bin fue útilmente provocativa en Netroots, fue desmedida en Seattle. En este segundo caso, el grupo liderado por activistas relativamente nuevos en la justicia social y muy alejados de encarnar el liderazgo de lo que es un movimiento esencialmente abierto, fue percibido como cínico y no particularmente interesado en la construcción de políticas progresistas más allá de divisiones esencialistas.
En síntesis, el culebrón Bernie-BLM ha sido una buena experiencia de aprendizaje para Sanders y sus seguidores, y esto debería reconfortarnos como progresistas. Además de su agenda de justicia racial, Bernie ha contratado más personas de color en puestos importantes. Él se ha vuelto también crecientemente activo en destacar la aterrorizante tendencia de violencia policial contra los afroamericanos. Por ejemplo, fue a visitar a la familia de Sandra Bland, una mujer de 28 años de edad que fue encontrada muerta en la cárcel tras ser detenida por una infracción de tráfico menor. Después de esto hizo una poderosa y trágicamente simple declaración: “ella estaría viva hoy si hubiese sido una mujer blanca”. También hizo giras con prominentes figuras de la cultura negra como Killer Mike del grupo de rap Run the Jewels y mejoró su exposición acerca del racismo subyacente a gran parte de la economía de Estados Unidos desde la esclavitud. Aunque su nombre aún no es tan conocido entre estas comunidades como el de Hillary, su tendencia al voto ha aumentado significativamente.
En términos más generales, podemos ver estos debates como parte del crecimiento -y tal vez incluso de una generación- del activismo de una izquierda renovada en Estados Unidos. Varias décadas en retirada, al menos en el nivel de conciencia de las masas, se invirtieron repentinamente con Occupy Wall Street (OWS) en septiembre de 2011, como ya he escrito. Este movimiento incipiente tenía toda la gracia y la belleza de un recién nacido, que al menos era, efectivamente, para la gente vinculada con ello. Funcionó como un despertar generacional a la posibilidad de un activismo político transformador en los Estados Unidos. Black Lives Matter, aunque no estuvo directamente relacionado con (o inspirado por) OWS, entró en los medios de comunicación mainstream sobre su estela e incorporó (intencionalmente o no) muchas de las críticas contra su predecesor.
Bernie Sanders ha llegado a millones de personas para las que era más fácil relacionarse con la política a través del prisma de una campaña presidencial. Considerados en conjunto (aún cuando no son necesariamente una unidad), este triple movimiento marca el ascenso de una nueva era de la política progresista en los Estados Unidos. Y mientras los debates entre estos y otros movimientos políticos son necesarios, al igual que lo es la lucha crítica por la forma y dirección de la política progresista, es igualmente necesario que no dejemos que las luchas internas destructivas nos distraigan de la cuestión más profunda de nuestro tiempo, que es cómo refundar el sistema político y económico de Estados Unidos sobre uno que funcione para todo el mundo en nuestro país y que haga más para ayudar al resto del mundo que para dañarlo.
Bernie Sanders está haciendo todo lo posible para mantenernos centrados en esta cuestión, siempre dejando en claro que no puede resolverlo él solo. Esta, más que cualquier otra razón, es por la que apoyo a Bernie Sanders y creo que tú también deberías hacerlo. Bernie es la persona mejor situada para impulsar un movimiento amplio con la oportunidad de ganar poder, y también para reorganizar alianzas políticas en torno a la solidaridad de clase y racial, a diferencia de las divisiones que nos imponen los intereses corporativos. Lo hizo en Vermont, tal vez no al nivel de nuestras fantasías socialistas más elevadas, pero sin duda de una manera transformadora y duradera. Y cuando observamos el estado de la política estadounidense, donde un populista de derecha como Donald Trump ha captado la atención de una gran parte del electorado republicano con un mensaje no convencional, vemos la necesidad urgente de que nosotros demos batalla por una nueva mayoría en este país, basada en la unión y no en el odio.
En su tierra, Bernie Sanders continúa manteniendo unida la coalición que ha construido con políticas que se mueven más allá de la guerra de trincheras partidarias. Es reconocido por su apoyo a los veteranos de guerra de Estados Unidos así como sus esfuerzos para auditar la Reserva Federal (ambas cuestiones normalmente consideradas conservadoras). Sorprendentemente es muy querido por muchos de sus colegas republicanos en el Congreso, no como alguien que habla de béisbol con ellos, sino como una persona que no habla de una manera y actúa de otra. En un reciente discurso en la conservadora Christian Liberty University, Bernie utilizó una herramienta retórica que ha sido común a lo largo de su carrera; dijo a la audiencia, “no podemos estar de acuerdo en todo pero podemos estar de acuerdo en la injusticia que supone la desigualdad y en la corrupción y la disfunción que define nuestro sistema”.
Así como las primarias revelan profundas divisiones en cada uno de los partidos, también manifiestan una división aún más profunda entre las culturas conservadoras y progresistas en el país. Nadie parece ser capaz de imaginar un escenario peor que la victoria de un candidato del partido contrario. Más allá del mensaje de transformación económica y política de Bernie, él también nos muestra cómo se puede reimaginar nuestra política fracturada en el siglo XXI. La posibilidad de una presidencia de Bernie Sanders nos proporciona una importante, aunque sólo sea parcial, hoja de ruta para superar la traba de la cultura política que nos ha dominado.
La última vez que visité Vermont con mi esposa, fuimos a ver a mi abuela de 90 años, una ciudadana de Vermont ávida seguidora de golf y de programas de entrevistas políticas. No nos sorprendió terminar hablando de las elecciones, y nos contó que uno de sus hijos, mi tío, estaba tratando de convencerla de votar por Bernie. Ella seguía indecisa. Conoció a Bernie durante décadas, le gusta y confía en su juicio, pero quiere ver una mujer presidenta antes de morir. Fue un argumento fuerte y simple, que consideré muy seriamente.
Mi esposa le respondió que su país ha tenido una mujer presidente progresista, Cristina Kirchner, durante la mayor parte de la década pasada y que, si bien ella entiende lo histórico que sería para nosotros, ¿acaso sería comparable con tener un presidente socialista en el país más capitalista y poderoso del mundo? Un momento, dijo mi abuela, no con desconfianza pero si como desempolvando una idea que ella no había considerado en un largo tiempo, ¿Son ustedes socialistas? Nos miramos el uno al otro y tras una breve pausa, dubitativos, mi esposa contestó “si, supongo que si eso es lo que hace falta, lo somos”. Los ojos de mi abuela se abrieron un poco de sorpresa o de picardía, o quizás en un intento de absorber a su nieto y nieta política y la ola de ideas nuevas y viejas a la vez. Bueno, contestó -sus palabras fueron lentas y cuidadosas-, “mira nomás“.
La próxima vez que visite mi familia, espero estar celebrando la última intervención de Vermont en el curso de la historia de Estados Unidos. En el mejor de los casos vamos a celebrar la elección del primer presidente socialista democrático del país. Pero incluso si Bernie pierde, creo que su campaña ha creado un espacio para imaginar una nueva era en la política progresista. De cualquier modo, el mensaje de la revolución política de Bernie va a ser transmitido a una nueva generación de jóvenes, un terreno para que construyamos un futuro mejor.

Enero 2016

Traducción: Mercedes D’Alessandro y Pablo Polosecki para:
 http://www.vecinosenconflicto.blogspot.com.ar y editado por VIENTO SUR
Notas:
1/ Comité de acción política, grupo de presión privado para influencias en la política. Ver:https://en.wikipedia.org/wiki/Political_action_committee

sábado, 18 de abril de 2015

Venas abiertas y heridas que se cierran en América Latina

Autor: Amy Goodman / Denis Moynihan

  • Fuente: Democracia Now!


Por primera vez en más de medio siglo, los presidentes de Estados Unidos y de Cuba se reunieron formalmente. Barack Obama y el presidente cubano, Raúl Castro, mantuvieron una reunión en el marco de la séptima Cumbre de las Américas, celebrada este año en la ciudad de Panamá. La participación de Cuba en estas cumbres había sido bloqueada por Estados Unidos desde que comenzaron a celebrarse en 1994. Este momento histórico, sin embargo, se produce con cierta tristeza: Eduardo Galeano, el gran escritor uruguayo que tanto hizo para explicar las relaciones profundamente desiguales entre América Latina y Estados Unidos y Europa, murió dos días después de la finalización de la cumbre.
El libro más conocido de Galeano es "Las venas abiertas de América Latina: Cinco siglos de saqueo de un continente". Se publicó en 1971 y fue uno de los primeros en explicar el impacto de la dominación colonial del hemisferio a través de una amplia gama de acontecimientos históricos. El propio Galeano fue parte de muchos de esos acontecimientos fundamentales de la historia. Según contó, escribió el libro "en 90 noches plagadas de cafeína", en las que trabajó para interconectar las historias que ya se habían contado antes por separado y en el lenguaje codificado de los historiadores, economistas o sociólogos. "Traté de escribir de una manera tal que pudiera ser leído y disfrutado por cualquier persona", dijo.
Mientras los golpes de Estado promovidos por Estados Unidos en la región derrocaban a los gobiernos democráticos, el éxito del libro iba en aumento. Esto convirtió a Galeano en un blanco de las dictaduras militares. Fue encarcelado en Uruguay y tras su liberación comenzó una vida en el exilio. Se radicó en Argentina, donde fundó y editó una revista cultural llamada Crisis.
Después del golpe militar respaldado por Estados Unidos en ese país en 1976, el nombre de Galeano se agregó a la lista de los condenados por los escuadrones de la muerte: "Finalmente me tuve que ir volando de Argentina también. No podía quedarme en Uruguay porque no me gusta estar en la cárcel y no me quedé en Argentina, no podía, porque no quería estar en un cementerio. Porque como dije antes, la muerte es muy aburrida" dijo Galeano a Democracy Now!.
Nuevamente voló, esta vez a España, donde comenzó a escribir su famosa trilogía "Memorias del fuego", que reescribe la historia de América del Norte y del Sur: "Tenemos una memoria cortada en trozos y yo escribo intentando recuperar nuestra memoria real, la memoria de la humanidad. Lo que yo llamo 'el arcoiris humano', que es mucho más colorido y hermoso que el otro arcoiris. Pero el arcoiris humano había sido mutilado por el machismo, el racismo, el militarismo y un montón de otros ismos. Hemos estado matando de forma terrible nuestra grandeza, nuestra grandeza posible, nuestra belleza posible".
Y ahora, una parte de esa historia, la que tiene como protagonistas a Estados Unidos y Cuba, está en proceso de reescritura. El presidente Obama ha enviado al Congreso un informe del Departamento de Estado que recomienda que Cuba sea eliminada de la lista oficial de países que patrocinan el terrorismo, confeccionada por el gobierno de Estados Unidos. El grupo pacifista CODEPINK aplaudió la medida, declarando en un comunicado: "La tristemente célebre lista de países terroristas de Estados Unidos incluye solamente otros tres países: Irán, Sudán y Siria, y curiosamente omite a Corea del Norte. Muchas personas en el mundo consideran una hipocresía de Estados Unidos señalar a Cuba y por otro lado hacer caso omiso del apoyo al terrorismo por parte de aliados de Estados Unidos como Arabia Saudita, Pakistán, Egipto e Israel, sobre todo porque Cuba es conocida por la exportación de médicos, músicos, maestros, artistas y bailarines... no de terroristas".
Le consulté a un ex diplomático cubano, Carlos Alsugaray Treto, su opinión acerca de las críticas que recibió el presidente Obama por su propuesta de retirar a Cuba de la lista de países terroristas, especialmente de personas como el senador republicano y ahora candidato a la presidencia Marco Rubio, un cubano-estadounidense de Florida. Marco Rubio dijo: "La decisión tomada por la Casa Blanca hoy es terrible, pero lamentablemente no me toma por sorpresa. Cuba es un estado que auspicia el terrorismo. Alberga fugitivos de la justicia estadounidense, entre ellos una persona que mató a un policía en Nueva Jersey hace más de treinta años. Es también el país que está ayudando a Corea del Norte a evadir las sanciones de armamento impuestas por Naciones Unidas. Deberían haber permanecido en la lista de Estados patrocinadores del terrorismo y creo que esto envía un mensaje escalofriante a nuestros enemigos en el extranjero, de que esta Casa Blanca ya no se toma con seriedad el hecho de llamar al terrorismo por su nombre".
El diplomático cubano Carlos Alzugaray respondió: "Bueno, en el primer lugar el señor Rubio no es cubano-americano. No nació en Cuba; es hijo de inmigrantes cubanos y no sabe nada de Cuba". En segundo lugar dijo que Rubio "debería preocuparse por tener terroristas, un terrorista como Luis Posada Carriles, viviendo en Miami. Tiene al terrorismo muy cerca, en la propia Miami, a mucha menor distancia de su casa que los 145 kilómetros que separan a Cuba de la Florida. Y no se queja". Luis Posada Carriles fue agente de la CIA y admitió haber sido el autor intelectual del atentado contra un avión de Cubana de Aviación en 1976, en el que murieron las 73 personas que iban a bordo. Venezuela ha procurado su extradición por mucho tiempo, pero el gobierno de Estados Unidos se niega a cumplir, permitiendo que Carriles camine libremente por las calles de Miami.
No obstante, el bloqueo estadounidense contra Cuba, una de las reliquias más perdurables y perjudiciales de la Guerra Fría, sigue vigente. Este pilar central de la política hostil de Estados Unidos hacia Cuba, que ya lleva medio siglo de duración, es cada vez menos popular aquí. El sector empresarial estadounidense está cansado de desaprovechar las oportunidades de las que gozan los inversionistas de Canadá, Europa, Japón y China. La Cámara de Comercio de Estados Unidos elogió la iniciativa del presidente Obama para normalizar las relaciones. Empresas como Facebook y Airbnb ya han desembarcado en Cuba y planifican expandirse tan pronto sea legal hacerlo. El asesor adjunto de Seguridad Nacional estadounidense, Ben Rhodes, dijo recientemente: "Nuestra política hacia Cuba, en lugar de aislar a Cuba, terminó por aislar a Estados Unidos de nuestro propio patio trasero". Y el presidente Obama, al anunciar su intención de normalizar las relaciones con Cuba el pasado mes de diciembre, admitió: "Creo que podemos hacer más para apoyar al pueblo cubano y promover nuestros valores a través de compromisos. Después de todo, estos 50 años han demostrado que el aislamiento no funcionó. Es hora de un nuevo enfoque".
La Cumbre de las Américas ha terminado y la trayectoria de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba ha tomado un nuevo curso. En la primera cumbre a la que asistió Obama tras ser elegido presidente, en la de 2009, el fallecido presidente de Venezuela Hugo Chávez le entregó una copia de "Las venas abiertas".
Eduardo Galeano dijo en Democracy Now!: "Fue una acción generosa y, de hecho, el libro se convirtió después de tantos años –casi cuarenta– en una especie de símbolo. Mi estilo ha cambiado mucho. Ahora escribo de una manera muy diferente, pero yo no estoy arrepentido de esa obra en absoluto, ni de una sola coma, ni de un solo punto. Y creo que puede ser un libro útil para entender que la riqueza y la pobreza están íntimamente conectadas, así como también la libertad y la esclavitud. No hay riqueza realmente inocente de causar pobreza y no hay libertades que no tengan algo que ver con la esclavitud. Así que traté de escribir el libro de una manera tal que pudiera ser leído y disfrutado por cualquier persona. Y es por eso que perdió el Premio Casa de las Américas, debido a que el jurado consideró que no era serio. En ese momento, los intelectuales de izquierda estaban seguros de que para ser serios, había que ser aburridos. Y el libro no era aburrido, por lo que no era lo suficientemente serio. Después, afortunadamente para mí, la dictadura militar consideró que era muy serio y lo mandó a la quema. Y esa fue mi mejor publicidad, mi mejor herramienta de mercado".
Si aún no lo leyó, Obama debería leer el libro. Como dijo el escritor británico John Berger sobre Galeano: "Publicar a Eduardo Galeano es publicar al enemigo: el enemigo de la mentira, de la indiferencia y, sobre todo, del olvido. Gracias a él se recordarán nuestros crímenes. Su ternura es devastadora; su veracidad furibunda".
Ojalá Eduardo Galeano descanse en paz. Probablemente, pocas cosas lo harían más feliz que el hecho de que el bloqueo a Cuba también sea enterrado.

Traducción al español del texto en inglés: Inés Coira. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español,spanish@democracynow.org

sábado, 4 de abril de 2015

De Punta del Este a Panamá, el fin de la exclusión de Cuba

De Punta del Este a Panamá, el fin de la exclusión de Cuba

Ernesto “Che” Guevara, durante el famoso discurso que pronunció el 8 de agosto de 1981 en Consejo Interamericano Económico y Social, en la ciudad uruguaya de Punta del Este, la última cumbre continental en que participó Cuba, en una exclusión que finalizará durante la VII Cumbre de las Américas, el 10 y el 11 de abril, en Ciudad de Panamá. Crédito: Dominio Público
Ernesto “Che” Guevara, durante el famoso discurso que pronunció el 8 de agosto de 1961 en Consejo Interamericano Económico y Social, en la ciudad uruguaya de Punta del Este. Fue la última cumbre continental en que participó Cuba, en una exclusión que finalizará durante la VII Cumbre de las Américas, el 10 y el 11 de abril, en Ciudad de Panamá. Crédito: Dominio Público
LA HABANA, 3 abr 2015 (IPS) - Barack Obama había nacido hacía solo cuatro días cuando Ernesto “Che” Guevara fustigó públicamente la política hostil de Estados Unidos hacia Cuba durante una cumbre interamericana, reiteró la disposición de Fidel Castro a dialogar para resolver las diferencias en pie de igualdad y conversó en secreto con un enviado de Washington. 
Más de medio siglo después,  el ahora mandatario estadounidense asumió el reto de acercarse a su vecino país caribeño, superar enfrentamientos, rencores y tensiones mutuas e iniciar el aún incierto proceso de normalización de relaciones bilaterales.
Este 10 y 11 de abril se encontrará frente a frente en Ciudad de Panamá con el presidente cubano Raúl Castro en laVII Cumbre de las Américas.
Guevara habló en la reunión del Consejo Interamericano Económico y Social de la Organización de Estados Americanos (OEA), el  8 de agosto de 1961, como delegado del gobierno cubano de Fidel Castro, a quien acompañó en la guerrilla que el primero de enero de 1959 derrocó al dictador Fulgencio Batista.
Ese encuentro, realizado en el balneario uruguayo de Punta del Este,  fue el último el que participó Cuba en el concierto interamericano, ya que sería suspendida de la OEA en enero de 1962, en una medida que el organismo levantó oficialmente en junio de 2009.
En la Conferencia de Punta del Este, Estados Unidos formalizó la  Alianza para el Progreso, una propuesta que el presidente  John Kennedy (1961-1963) había lanzado meses antes y que nació para contrarrestar la influencia de la Revolución cubana en la región, tras el fracasado intento de su gobierno de invadir la isla, en abril de aquel mismo año.
Al margen de esa reunión, el argentino Guevara sostuvo, el 17 de agosto, un encuentro confidencial en Montevideo con Richard Goodwin, asesor especial para asuntos latinoamericanos de Kennedy,  considerado por medios cubanos como el primer contacto directo de alto nivel entre autoridades de ambos países desde la ruptura de las relaciones bilaterales en enero de 1961.
Cinco días después,  la Casa Blanca aseguró en un comunicado que esa conversación fue solo un encuentro casual durante un coctel, en el que Goodwin se limitó a escuchar.
Prosperidad con equidad 

El tema central de la VII Cumbre será “Prosperidad con Equidad: El Desafío de Cooperación en las Américas”, un objetivo para el que la región necesita más que documentos y declaraciones formales.

Según el Panorama Social de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), por primera vez en esta década se observa un incremento en el número de pobres, lo cual significa que tres millones de latinoamericanos recayeron en la pobreza entre 2013 y 2014 y otros 1,5 millones engrosarán esas filas al terminar 2015.
Desde entonces, la historia bilateral registra varios intentos frustrados de acercamiento, hasta que ya retirado del poder Fidel Castro, en 2006,  su hermano y sucesor y Obama sorprendieron el 17 de diciembre con el anuncio de su decisión de restablecer las relaciones diplomáticas.
De ahí que buena parte de la atención hacia la VII Cumbre de las Américas se concentre en los dos gobernantes. Obama acude por tercera vez desde 2009 a este foro del que Cuba estuvo excluida hasta ahora y al que llega como resultado de una estrategia diplomática que condujo al   respaldo unánime de la región a su reinserción y a fraguar el deshielo con Estados Unidos.
El politólogo y ensayista cubano Carlos Alzugaray considera al respecto que también hay que tener en cuenta la creciente autonomía de la región. “Se puede decir que Estados Unidos ha perdido la iniciativa y espacio de maniobra” al sur del río Bravo o el río Grande, opinó a IPS.
Tras la  primera Cumbre de las Américas, en 1994, en la ciudad estadounidense de Miami, estas citas pasaron a exhibir una América Latina cada vez menos proclive a las ofertas de Estados Unidos, con un punto de quiebre en la proyectada Área de Libre Comercio de las Américas (Alca), que protagonizó la primera década de encuentros  y quedó enterrada en otro de ellos.
Fue en la IV Cumbre, en la ciudad argentina de Mar del Plata en 2005, cuando el país anfitrión y otros sudamericanos rechazaron el intento de Estados Unidos y Canadá de imponer el Alca en la agenda. Entonces, habían pasado a gobernar en el sur del continente líderes de centro izquierda o izquierda, como el venezolano Hugo Chávez (1999-2013), quien llamó a convertir la reunión en “la tumba del Alca”.
Como contrapropuesta, Chávez, junto con Fidel Castro,  impulsó la creación en diciembre de 2004 de  la hoy llamada Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), integrada por Venezuela, Cuba, Nicaragua, Bolivia, Ecuador, Dominica, Antigua y Barbuda, Santa Lucía, Granada y San Cristóbal y Nieves.
Tres años después nació la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) con la idea de favorecer un desarrollo más armónico, equitativo e integral de la región, conformada por Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Guayana, Paraguay, Perú, Suriname, Uruguay y Venezuela.
Con la excepción de Estados Unidos y Canadá,  todos los países del área integran desde 2011 la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac). Este foro consagró la plena reinserción de Cuba a la concertación política regional, sin la presencia de Canadá y Estados Unidos.
A este nuevo contexto internacional que arropa a la isla, Alzugaray suma las transformaciones internas que lleva a cabo el gobierno de Raúl Castro desde 2008 para modernizar su modelo socialista de desarrollo y los “cambios globales con la creciente presencia de China, en primerísimo lugar, y de Rusia, en la región”.
Pero la Cumbre de Panamá, llamada a satisfacer formalmente la demanda regional del fin de la exclusión de Cuba de la cita de los 35 estados independientes de América y dar un paso significativo en la normalización de La Habana y Washington, tendría que desplazar su atención  hacia la crisis entre Estados Unidos y Venezuela.
Obama emitió el 9 de marzo  un decreto que declara al gobierno de Venezuela,  presidido por Nicolás Maduro, como una amenaza para la seguridad de Estados Unidos, e impone sanciones a algunos de sus funcionarios, en una medida rechazada por la mayoría de países latinoamericanos.
“Ningún país tiene derecho a juzgar la conducta del otro ni muchísimo menos a imponerle sanciones o castigos por su propia cuenta”, advirtió el secretario general de la Unasur, el expresidente colombiano Ernesto Samper. En su opinión, el unilateralismo impedirá a Washington mantener buenas relaciones con América Latina.
“En estas condiciones, va a ser muy difícil que Estados Unidos pueda articular una estrategia hacia la región que tenga en cuenta los intereses latinoamericanos y caribeños y la natural adaptación a los cambios”, reforzó Alzugaray.
A su juicio, Obama cometió “un grave error” en la antesala de una cita que iba a ser la del reencuentro hemisférico. “La región respaldará mayoritariamente a Cuba y a Venezuela”, vaticinó.
Editado por Estrella Gutiérrez
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domingo, 8 de febrero de 2015

La guerra de la heroína

Pascal Beltrán del Río




Carlos Marx erró en las conclusiones apocalípticas de su teoría de la acumulación infinita del capital, pues pasó por alto el equilibrio que generan el avance tecnológico y la productividad, mismos que atenúan o retardan las contradicciones del capitalismo.




En lo que no se equivocó el filósofo es en que la superestructura social no existe de manera independiente de la base material, es decir, de las condiciones económicas en las que vive cada sociedad, de los medios y las fuerzas productivas.
El narcotráfico es un negocio, aunque sea de naturaleza ilegal. Por tanto, era una ilusión pensar que la despenalización de la mariguana -que avanza paulatina, pero sostenidamente en Estados Unidos- acabaría por ahorcar financieramente a los cárteles de la droga, pues los dejaría sin el flujo de caja que representa el cannabis.
La superestructura determina la estructura, incluso en los gustos y decisiones de los consumidores. Si los usuarios estadounidenses están optando de manera creciente por la heroína es porque los narcotraficantes tenían que compensar la pérdida de decenas de millones de dólares que ha representado la competencia de los productores de mariguana en aquel país.
Sin restricciones legales, sin temer a redadas o campañas de erradicación, esos productores han podido desarrollar una mariguana de mayor calidad a la que crece en las montañas de México.




El cultivo de invernadero que ha florecido en una veintena de estados de la Unión Americana ha desplazado a la mariguana mexicana en el gusto de los consumidores estadunidenses. Eso ha llevado a la caída de 37% en los aseguramientos de esa droga en la frontera con México desde 2011.
¿A qué ha conducido esa competencia? A que los cárteles mexicanos cambien la mariguana por la amapola e inunden el mercado estadunidense con heroína y también con metanfetamina.


Además de ser más fácil de manejar, la heroína genera una ganancia mucho mayor. Un kilo de esa droga puede valer entre US$80 mil y US$130 mil en las calles de Estados Unidos, mientras que la misma cantidad de mariguana, incluso de la mejor calidad, difícilmente sobrepasa los US$12 mil.
México tiene, además, la ventaja sobre otras regiones productoras de amapola, como Asia Central e Indochina, de la proximidad con Estados Unidos.
Y, por si fuera poco, la nueva abundancia de heroína y metanfetamina ha encontrado su lugar entre los consumidores de analgésicos opioides.
Durante años, los estadunidenses han abusado de esas drogas legales. El consumo de analgésicos opioides como la oxicodona creció dramáticamente entre 1991 y 2011: pasó de 76 millones de prescripciones anuales a 219 millones en ese lapso.
Como ocurrió en su tiempo con la industria tabacalera, los estadunidenses han tenido la impresión de que esos medicamentos para el dolor son inocuos y no generan adicción, pero eso es porque muchos de los estudios que llegan a dicha conclusión han sido financiados por los mismos fabricantes.
La creciente adicción a los analgésicos opioides ha permitido que la heroína penetre en los hogares de los consumidores, porque ofrece un efecto parecido por la décima parte del precio.
Además, a diferencia de otras épocas en las que la heroína ha sido una droga popular, estos nuevos consumidores tienen mayor edad y capacidad económica que los de antes. Hablamos de entre cinco y seis millones de estadunidenses que gastan entre US$100 y US$500 dólares a la semana en drogas.
Más de 120 años después de que fue sintetizada por el químico alemán Heinrich Dreser, jefe del laboratorio de farmacología de Bayer, la heroína ha vuelto a entrar con fuerza en el mercado estadunidense.
El martes, William Brownfield, subsecretario para Asuntos Antinarcóticos y de Procuración de Justicia del Departamento de Estado, dijo en una teleconferencia desde Washington que el consumo de heroína en Estados Unidos creció 65% en los últimos años, y que la mayor parte de esa sustancia es surtida por cárteles mexicanos. “Crisis es la palabra para hablar de la situación que ya tenemos”, afirmó.
Para los agricultores mexicanos de la sierra, el cambio ya ha implicado más dinero en su bolsillo.
Mientras sólo recibían unos 250 pesos por un kilo de mariguana seca y prensada, ahora obtienen 13 mil pesos por kilo de pasta de opio, de acuerdo con un reportaje reciente de la agencia AP.

Es simple economía.
Excelsior (México)