miércoles, 22 de febrero de 2023

El terremoto turco (o una última lápida en Estambul)

 

El terremoto turco (o una última lápida en Estambul)

A vista de dron, de entre la escombrera de la ciudad de Karahmanmaras, la imagen se ha repetido como fúnebre reclamo en los informativos. Desde arriba, cercada por el picadillo y la devastación, se veía algo parecido a un prado verde: era un campo de fútbol. Se hallaba lleno de tiendas blancas, cómo de acampada. Cada una de estas pagodas se convirtió en el hogar portátil de los supervivientes del terremoto.

Igual sucedía en el polideportivo de Karahmanmaras. Pero aquí, la inquietante diferencia era que el recinto aún se mantenía en pie, sin visibles fisuras, pese a las réplicas del seísmo (no por menores menos acongojantes). El parquet se hallaba lleno de refugiados, heridos y damnificados. De una pared figuraban dos grandes retratos de Atatürk, el padre de la moderna Turquía, y de Recep Tayyip Erdogan, el actual mandamás desde hace veinte años. En enclaves de la Turquía profunda, como Karahmanmaras, la figura de Erdogan ya se muestra sin tapujos a la altura del valedor histórico de la patria. Pero este apunte, metido aquí de matute, no es el asunto de la presente. Los polideportivos, como el de esta ciudad destruida, se erigen hoy como modernos pabellones multiusos (multidisciplinar es el término habitual), pensando en albergar conciertos, ferias de muestras o de cualquier otra suerte festiva. Pero ocurre también que, a menudo, se convierten en tanatorios (recuérdese la pandemia) o en albergues y refugios cuando la naturaleza se despereza mostrando su ira agazapada (incendios, riadas, seísmos).

Todo el sureste de Turquía, sin olvido de la infausta Siria, se ha derrumbado por el movimiento de tripas de la tierra. El resto lo ha propiciado el cemento precario y las raíces blandengues de los edificios. Decía Julio Camba que en las guerras aprendemos geografía a medida que la cañonería la va destruyendo. Con el terremoto de Turquía quien más y quien menos ha aprendido dónde se hallan en Anatolia las ciudades de Adana, Malatya, Gaziantep, Karahmanmaras, Osmaniye, Diyarbakir o Antakya. Mientras escribo la presente, el número de víctimas casi llega sólo en Turquía a los 30.000 fallecidos.

El deporte turco está aportando su cuota de duelo. La catástrofe ha arrojado cifras anónimas a granel. Pero poco a poco vamos sabiendo que algunos muertos tienen sus nombre y apellidos. Ha muerto la jugadora de baloncesto de la selección turca Nilay Aydogan (se encontraba en Malatya visitando a sus mayores). También ha aparecido muerto bajo los escombros el jugador Cemal Kütahya, capitán de la selección nacional de balonmano. Ha perecido en Antakya, la antigua Antioquía, en la hoy región de Hatay, primer lugar de prédica para San Pablo y donde los seguidores de Jesús fueron llamados cristianos por vez primera. El gran capitán apareció junto a su hijo también muerto de apenas cinco años, mientras su esposa, embarazada, y su suegra seguían desaparecidas bajo el picadillo.

El portero Ahmet Turkarslan, del Yeni Malatyaspor (segunda división del fútbol turco), fue de los primeros fallecidos cuyo nombre se conoció. Acaba de saberse que el ghanés Christian Atsu, jugador del Hatayspor de la Superliga turca (y ex del MálagaChelsea y Newcastle), ha aparecido muerto bajo los escombros, pese a que se le había dado por rescatado días atrás (el director deportivo del club y un intérprete también podrían estar sepultados a la espera aún de poder dar con sus cuerpos). En Hatay, una de las provincias más arrasadas por el seísmo, han fallecido también casi todas las jugadoras del equipo femenino de voleibol. Igual infortunio han padecido sus homólogos masculinos del equipo de vóley de Malatya. Por su parte, la Federación Turca de Lucha también dio a conocer la muerte en Karahmanmaras de tres atletas. Es seguro que de entre el anonimato de víctimas aflorarán nuevos nombres y apellidos de más deportistas profesionales.

La Superliga turca de fútbol se ha suspendido hasta marzo. El infausto lunes 6 de febrero, el día del apocalipsis en el sureste de Turquía, tenían que disputarse aún tres partidos de la última jornada. Equipos de la máxima categoría de esta zona del país, caso del Hatayspor, ha anunciado su retirada de la competición (su entrenador Volkan Demirel, ex portero del Fenerbahçe y de la selección turca hizo un emotivo llamamiento en las redes para ayudar a los damnificados). El Gaziantep FK, que iba a ser el próximo rival del actual líder Galatasaray, podría anunciar también su renuncia. Asunto muy menor el de rehacer el calendario deportivo cuando todo o casi todo alrededor está por rehacerse de aquí a tres años como mínimo.

A decir verdad los terremotos en Turquía forman parte de una especie de condena asumida. Pero cuando se viaja hasta la linde entre oriente y occidente uno se olvida de todo temor disuasorio. Durante unos años visité Estambul con relativa frecuencia por causa de algún que otro trasunto literario. Siempre intenté conocerla a pie hasta donde lo elefantiásico de la urbe me lo permitió. Nada como deambular abstraído bajo el síndrome de Babia en mitad del gran manicomio.

Pirlo, en el banquillo del Fatih Karagümrük SK

Con la mente puesta en las ciudades machacas por el seísmo, me he ido acordando estos días de los campos de fútbol con los que solía toparme inusitadamente en mis paseatas. A menudo lo hacía bajo la lluvia, el aguanieve y el viento helador del Bósforo en invierno. No hablo de los grandes estadios faraónicos de los tres grandes conocidos (Fenerbahçe, Galatasaray y Besiktas). Hablo, por ejemplo, del estadio del Kasimpasa Spor Külübü, donde antaño hizo sus pinitos como el buen jugador que fue el propio Erdogan (de ahí que el estadio lleve hoy por hoy el nombre del mandatario).

Asomado desde un aparcamiento en la zona alta de Sishane (no lejos del legendario Hotel Pera Palas), me gustaba contemplar la zona abigarrada y montuosa de Tepebasi, que se unía a Kasimpasa por el efecto de la gran metástasis: el cemento. De entre la aglomeración de pisos, alminares de mezquitas y antenas parabólicas, los focos del estadio del Kasimpasa sobresalían de entre aquel inmenso puchero urbanita, donde no se distinguía la niebla de la cortinilla de lluvia boba ni del humo de las estufas.

Se ha sabido que el gran Andrea Pirlo, actual entrenador del Fatih Karagümrük FK (ocupa un honroso puesto medio en la Superliga), se ha involucrado como el que más en la recogida de alimentos y enseres para los damnificados de los terremotos. Me he acordado también cómo de camino a las murallas bizantinas, hacia la puerta de Edirne y la zona depauperada de Sulukule, me topé en medio de los bulevares y edificios monocordes del gran distrito de Fatih con el estadio de Vefa, donde juega el Karagümrük sus partidos. Otras veces, recorriendo la vastedad del Estambul histórico, no me topaba con campos de fútbol en forma de estadios, sino con simples terrenos de juego, desnudos a la vista pero con sus dos porterías. Hacían la vez de espacios verdes, al igual que los parques descuidados y que los numerosos y ondulantes cementerios, sembrados por estelas blancas o por cipos de antiguas lápidas, y con los que uno se encontraba agradablemente al no estar acotados como espacios para la muerte, separándolos de las cuitas de los vivos.

Me pregunto ahora qué será de estos estadios secundarios del gran Estambul cuando llegue –porque llegará– el devastador seísmo que se espera que ocurra algún fatídico día bajo la falla del Mar de Mármara (el último de 1999, fraguada en la cercana capital de Izmir, la antigua Esmirna, causó 17.000 víctimas y se dejó sentir aterradoramente en Estambul). Me causa una mezcla acaso malévola de aprensión, pavor agazapado y morbo. Cierto es que los focos y graderíos del estadio del Kasimpasa próximo al Cuerno de Oro, saliendo como salían de entre tanto cemento, es una imagen que retengo y que, como digo, se me vuelve siniestramente fantasiosa cuando la imagino ahora machacada por el terremoto que habrá de llegar.

He leído que el cuerpo de la desafortunada Nilay Aydogan, la jugadora de baloncesto de la selección nacional muerta en Malatya, ha sido enterrada en el cementerio de Kulakziz, que se halla precisamente en el barrio de Kasimpasa. «Que Dios tenga misericordia de nuestra preciosa atleta, mis condolencias para su familia y nuestra comunidad», dijo de ella el muy compungido Hedo Türkoglu, presidente de la Federación Turca de Baloncesto y antaño conocido jugador de la NBA. Visité el cementerio de Kulakziz alguna que otra tarde, mientras caía el ocaso del invierno sobre la ribera opuesta del Cuerno de Oro, donde las más grandes mezquitas históricas. Estambul es en gran parte una megaurbe joven, tumultuosa, alegre y frenética. Pero yo hallé ­–o quise hallar tal vez– una ciudad hermosamente triste y a ratos apagada. Sobre aquella estampa de Kulakziz de hace unos años, ahora incorporo al recuerdo, como torpe señal de respeto, la lápida de «nuestra preciosa atleta».

jueves, 2 de febrero de 2023

Fiscalía alemana halla documentos sobre crímenes de lesa humanidad en Argentina

DW informa:


El Ministerio Público alemán, encontró documentación relevante en la vivienda de Luis K., exmilitar argentino con pasaporte alemán, exiliado en Berlín. Las autoridades alemanas, que trabajan estrechamente con las argentinas, podrían así abrir el camino hacia un juicio en el país europeo por torturas y homicidios durante la dictadura militar argentina. 




martes, 24 de enero de 2023

Libro póstumo habla de clubes homosexuales

 

Libro póstumo habla de clubes homosexuales

Presentes en seminarios de formación sacerdotal

Textos póstumos de Benedicto XVI amenazan con desatar un escándalo
Textos póstumos de Benedicto XVI amenazan con desatar un escándalo (foto: ANSA)
12:18, 21 ENECIUDAD DEL VATICANO REDACCIÓN ANSA

(ANSA) - CIUDAD DEL VATICANO 21 ENE - Un libro póstumo con textos del papa emérito Benedicto XVI, fallecido el 31 de diciembre a los 95 años, amenaza con provocar nuevas conmociones y turbulencias en la Iglesia católica.
    Publicado en Italia, el volumen se llama "Che cos'è il cristianesimo" ("Qué es el cristianismo", en traducción literal) y contiene textos inéditos escritos por Joseph Ratzinger tras su renuncia al trono de Pedro.
    "Este volumen, que reúne los escritos compuestos por mí en el monasterio Mater Ecclesiae, debe ser publicado después de mi muerte", escribió Benedicto XVI en una carta a los organizadores del libro, el teólogo Elio Guerriero y Georg Ganswein, secretario privado del pontífice emérito.
    En uno de los textos, Ratzinger denuncia la existencia de "clubes de homosexuales" en varios seminarios, refiriéndose a grupos que "actuaban más o menos abiertamente y que claramente transformaban el clima" en las escuelas de sacerdotes.
    "En un seminario en el sur de Alemania, los candidatos al sacerdocio y los candidatos al servicio laico vivían juntos.
    Durante las comidas conjuntas, los seminaristas permanecían juntos con representantes pastorales casados, acompañados en parte por esposas e hijos, y en algunos casos incluso por novias. El ambiente en el seminario no ayudó en la formación sacerdotal", acusó.
    Entonces Benedicto XVI dijo que un obispo incluso permitió la proyección de "películas pornográficas a los seminaristas, presumiblemente con la intención de permitirles resistir comportamientos contrarios a la fe".
    El lanzamiento del volumen se produce al mismo tiempo de la llegada a las librerías de un libro en el que el Papa Francisco comenta sobre la homosexualidad y afirma que "Dios no repudiará a ninguno de sus hijos", destacando las diferentes visiones entre conservadores y progresistas en la Iglesia.
    En la carta en la que pedía la publicación de estos textos sólo después de su muerte, Benedicto XVI afirmaba que ya no quería divulgar nada en vida debido a la oposición que sufría en su propio país.
    "La furia de los grupos contrarios a mí en Alemania es tan fuerte que la aparición de cualquier palabra mía provoca inmediatamente un clamor asesino", dijo entonces. (ANSA).

Toma de ANSALATINA.

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https://www.ansalatina.com/americalatina/noticia/papa_vaticano/2023/01/21/libro-postumo-de-benedicto-xvi-habla-de-clubes-gay_cf2f8ee9-cb77-4237-9dcc-236b63063cc5.html


domingo, 22 de enero de 2023

Inseparables del móvil: cómo perdemos concentración, salud y democracia

Inseparables del móvil: cómo perdemos concentración, salud y democracia: La merma de libertad que supone la adicción a los teléfonos inteligentes y las redes sociales tiene consecuencias políticas.

Inseparables del móvil: cómo perdemos concentración, salud y democracia

Numerosos especialistas alertan de que el uso de los teléfonos inteligentes y, en particular, de las redes sociales, está provocando pérdidas importantes en la capacidad de concentración y comportamientos adictivos. La merma de libertad que esto supone tiene consecuencias políticas. 

Una chica consulta su teléfono móvil. PIXABAY

¿Le cuesta concentrarse? ¿Cuántos minutos es capaz de aguantar leyendo, viendo la televisión o realizando cualquier otra tarea sin mirar el teléfono? ¿Ha notado cambios en su manera de pensar?, ¿quizá más fragmentada, más superficial? Estas preguntas, que ya forman parte de nuestro día a día, son también las que se hacen multitud de investigadores que intentan sacar conclusiones ante las mudanzas cognitivas que ha desencadenado la digitalización masiva y, específicamente, el uso de los smartphones.

Si a los teléfonos se les ha atribuido inteligencia, parece que los seres humanos la hemos ido perdiendo conforme el uso de estos artilugios se volvía cada vez más frecuente, pues cada vez nos resulta más complicado procesar información. Además, el click constante sobre la pantalla está alterando no solo las capacidades individuales, sino todo un mapa social global que depende, en gran medida, de los caprichos de unas pocas –pero poderosísimas– multinacionales. 

Como argumenta James Williams, antiguo empleado de Google reconvertido en investigador de la Universidad de Oxford: “Un puñado de empresas tienen la habilidad de moldear lo que piensan y hacen miles de millones de personas”. Solo Mark Zuckerberg, dueño de Facebook, Messenger, Instagram y WhatsApp, tiene acceso a los perfiles de un cuarto de la población mundial a través de estas plataformas, según datos del libro de Williams Stand out of our light (2017), que en España se publicó como Clicks contra la humanidad.

Vale la pena referirnos al título original, que significa apártate de nuestra luz, una alusión al encuentro que tuvo lugar entre el cínico Diógenes y Alejando Magno: cuando este se acercó al filósofo con ánimo de concederle cualquier deseo, se dice que Diógenes respondió: quítate de ahí, que me estás robando los rayos del sol. La anécdota es obviamente una metáfora de nuestro panorama digital; tal vez el universo tecnológico que habitamos se esté transformando en un paraje demasiado oscuro. Pero, ¿por qué?

Peligros para la mente

Al contrario de lo que promueven los vocingleros del progreso tecnológico, numerosos expertos y expertas trabajan cada día por descifrar los efectos negativos que las llamadas redes sociales, y/o el uso del móvil, causan en nuestros cerebros. Por ejemplo, un estudio de la Universidad de Texas reveló que la mera presencia de este aparato, incluso apagado o en silencio, mermaba las habilidades intelectuales.

Johann Hari, autor del bestseller Stolen Attention (2022), recientemente traducido, explica, con la ayuda de varios neurocientíficos, cómo, cuando interrumpimos el flujo mental, nuestro cerebro debe reconfigurarse para concentrarse de nuevo en la tarea que estaba desempeñando antes.

Además, cita una investigación en estudiantes que demostró que aquellos que realizaron un examen con el teléfono apagado obtuvieron de media una calificación un 20% más alta que quienes se examinaron con el artilugio encendido y recibiendo constantes mensajes.

Las pruebas de que nuestra inteligencia corre serio peligro al estar sometida al control de estos objetos tiranos son muchas y abarcan asimismo ámbitos como la salud: así, la consultora Linda Stone habla de “atención parcial continuada”, un comportamiento adictivo que consistiría en adoptar un estado de alerta constante que nos impide prestar atención profunda a algún asunto y, a la larga, lanza cantidades ingentes de cortisol y adrenalina, las hormonas del estrés. 

De hecho, la medicina encargada de estudiar adicciones lleva años analizando los síntomas provenientes del abuso de las pequeñas pantallas. La psiquiatra Anna Lembke, profesora en la Universidad de Stanford, narra en este podcast, grabado con motivo de la publicación de su libro Dopamine Nation (2021), qué les ocurre a unos cuerpos saturados con dopamina, un neurotransmisor que se libera cuando obtenemos placer: al fumar, beber alcohol, tomar otro tipo de drogas, o consultar las redes a la espera de ‘recompensas’ (como las notificaciones).

Básicamente, nuestra biología está configurada para mantener un equilibrio llamado homeostasis, que podemos imaginar como una suerte de balanza con dos platos. Si consumimos alguna sustancia adictiva o abrazamos comportamientos adictivos, el lado de la balanza dedicado al placer se llena de dopamina, y el cerebro debe compensarlo añadiendo “peso” al lado del dolor; de ahí que a la borrachera le siga la resaca.

Sin embargo, cuando no permitimos que la estabilidad se restablezca naturalmente porque continuamos bebiendo, es decir, alimentando una conducta hedónica, el plato dedicado al dolor debe realizar tal esfuerzo que al final se desborda, por lo tanto, lo que en principio nos creaba placer se convierte en una fuente de problemas. Este mecanismo se da típicamente en las personas adictas. La doctora Lembke achaca la multiplicación de dicha patología a una sociedad “capitalista, tecnológicamente innovadora” en la que los estímulos para lograr placer son ubicuos, entre ellos los que proyecta la digitalización de nuestra cotidianeidad. 

Una democracia comprometida

Si las conclusiones pueden parecer exageradas, reflexionemos sobre los datos que publica la revista Forbes: en el mundo hay 210 millones de personas adictas a las redes sociales, y el estadounidense medio consulta su teléfono 344 veces al día, a saber, cada 5,5 minutos. Aunque en España esa cifra es menor, 150 veces al día, la dependencia que crea el móvil es incuestionable, y esto es así debido a que las diferentes plataformas o apps han sido diseñadas con ese objetivo: al fin y al cabo, mientras más tiempo pasemos en ellas, más ganancias reportarán en forma de anunciantes.

No es casual que apelen a nuestros impulsos y emociones, y para ello beban de técnicas como las de las máquinas tragaperras: un timeline o muro sin fin, o una distribución arbitraria de las recompensas (en forma de seguidores o likes, de validación en lugar de monedas). Se puede afirmar, como apuntan tantos estudios, que estas estrategias han construido sociedades de individuos ensimismados, muchos de ellos con una precaria salud mental, sobreestimulados, con dificultades para ejecutar tareas que requieran concentración, más manipulables que antes, como mostró el documental El gran hackeo (2019) a propósito del escándalo de Cambridge Analytica, o la utilización interesada de perfiles online con la finalidad de alterar procesos electorales. 

Los ritmos cognitivos frenéticos que azuza la economía de la atención menoscaban la democracia. En este sentido, se pregunta Williams en su libro hasta qué punto se cumple el artículo 21 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, según el cual la voluntad de la gente constituye la base para cualquier autoridad o gobierno, si dicha voluntad se está viendo comprometida por la imposibilidad de prestar atención: “Esto directamente amenazaría no solo nuestra libertad individual y autonomía, sino también nuestra habilidad colectiva de ejercer cualquier política que valga la pena”, asevera.

El filósofo Jorge Riechmann va más allá y, en el volumen Contra la doctrina del shock digital (2020), habla de sujetos alienados como resultado de este fenómeno, lo cual equivale a una “humanidad disminuida” en cuanto que son las máquinas quienes se comunican en el espacio virtual mientras nosotros vamos perdiendo los vínculos sociales y con la biosfera.

En el “capitalismo de la vigilancia” –expresión que toma prestada de la profesora de Harvard Shoshana Zuboff–, donde las adicciones tecnológicas se traducen en datos para ser vendidos y revendidos al tiempo que actuamos de acuerdo a impulsos cada vez más primarios y nos tornamos dúctiles a los antojos de un puñado de magnates, va teniendo poco sentido definirnos según unos derechos y libertades seriamente dañados. De nosotros depende establecer ciertos límites, o perpetuar esta insostenible condición de autómatas enajenados, carne de cañón presa de un móvil.