martes, 28 de marzo de 2023

Que orgullo ser tico.Unicos en el mundo

 

Crearon una nueva fruta: crece cada dos años, es carísima y ya se expande por el mundo

La piña rosa fue desarrollada durante 17 años. Oriunda de la selva de Costa Rica, posee cualidades únicas. ¿Qué gusto tiene?

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24/03/2023 18:41Actualizado al 26/03/2023 17:23

Más jugosa y sabrosa, de color rosa, la piña única de la selva de Costa Rica, genéticamente modificada, llega a los mercados más exclusivos del mundo y al desayuno de influencers como Kim Kardashian.

Única en su especie, la piña rosa nació tras 17 años de investigación (2003-2020) en los laboratorios de la empresa Fresh Del Monte, una compañía centenaria que desde Costa Rica comercializa fruta y verdura a nivel mundial.

Se trata de una variedad de piña genéticamente modificada (OGM) que la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) aprobó en 2016 como segura para su consumo.

Un trabajador de Del Monte Fresh muestra el interior de una piña rosa "PinkGlow". Foto: AFP
Un trabajador de Del Monte Fresh muestra el interior de una piña rosa "PinkGlow". Foto: AFP

Desde que la "PinkGlow", su nombre comercial, salió a la venta a finales de 2020 marca tendencia y está en boca de muchos, en particular en la de la modelo estadounidense Kim Kardashian, que se exhibió en Instagram comiendo una en el desayuno.

"Es un producto sumamente exclusivo que llega a los mercados más exclusivos del mundo", dijo Michael Calderón, director legal regional de Fresh Del Monte, en la planta empacadora de Buenos Aires, a 200 kilómetros al sur de San José, en medio de la selva costarricense.

Estados Unidos, Canadá, Emiratos Árabes Unidos, Catar, Kuwait, Hong Kong, entre otros, son destinos de la piña rosa.

Paradójicamente, el Ministerio de Salud costarricense aún no entregó la autorización para su comercialización en el país debido demoras burocráticas.

La empresa Fresh Del Monte tiene casi 10.000 hectáreas en las que cultiva piña o ananá en la selva de Costa rica. Foto: AFP
La empresa Fresh Del Monte tiene casi 10.000 hectáreas en las que cultiva piña o ananá en la selva de Costa rica. Foto: AFP

Si bien la compañía tiene en Costa Rica 9.283 hectáreas de plantaciones de piña, tan solo proyecta 200 para cultivar la variedad rosa en 2023, dijo Calderón.

Costa Rica "fue el país que se eligió para desarrollar este producto por sus condiciones de microclima que lo hacen ideal para la producción de la piña rosé", agregó.

La empresa comenzó en 2003 un proceso de investigación a través de bioingeniería para alterar la genética de la fruta de color amarillo hasta conseguir que naturalmente creciera de color rosa.

La clave es el licopeno, dijo a la AFP la bióloga Helga Rodríguez, superintendente de Biotecnología de Fresh Del Monte. Este compuesto es un pigmento natural que contienen muchas frutas y verduras de color rojizo."Usamos el laboratorio como método alternativo al procedimiento convencional de cruces con polen", explica Rodríguez.

El licopeno se produce y se acumula durante la maduración de la fruta en los cultivos, afirma la bióloga, y cuando se cosecha la fruta ya es rosa. Cada piña demora unos dos años desde que se planta hasta su cosecha.

La presentación de la piña rosa en la planta de Del Monte Fresh en Buenos Aires, Costa Rica.. Foto: AFP
La presentación de la piña rosa en la planta de Del Monte Fresh en Buenos Aires, Costa Rica.. Foto: AFP

"Dedicamos muchos años de investigación primero para generar la variedad que acumulara esas cantidades de licopeno y después para la selección en campo que nos permitiera obtener los materiales que hoy en día estamos comercializando", cuenta a la AFP Mario Ulate-Sánchez, gerente de Investigación de la compañía.

En las plantaciones a las afueras de Buenos Aires los trabajadores cosechan desde la primera luz del día piñas tradicionales y rosas. Las frutas llegan a la planta empacadora, donde son tratadas para conservarlas, clasificadas por tipos y empaquetadas para su destino a cualquier parte del mundo.

Fresh Del Monte exporta más de 35 millones de cajas de piñas cada año, además de banano y melón. Pero la piña rosa es la última tendencia.

"La variedad rosada tiene la característica de dar un sabor o una sensación de mayor dulzura", indica Ulate-Sánchez.

Una de las plantas de Del Monte Fresh en Buenos Aires, Costa Rica, en la que empaquetan 35 millones de piñas por año. Foto: AFP
Una de las plantas de Del Monte Fresh en Buenos Aires, Costa Rica, en la que empaquetan 35 millones de piñas por año. Foto: AFP

La piña rosa se vende a través del comercio electrónico. En Estados Unidos su precio varía entre 11 y 39 dólares la unidad. En Europa se puede adquirir en España por 34 euros.

Los precios varían en cada país, pero la exclusividad de la conocida como "joya de la selva" costarricense ha dado que hablar. Influencers de todo el mundo desempacan ante sus cámaras piñas rosas para deleite de sus seguidores en las redes sociales.

"Comerse una piña rosada es una experiencia única, más allá del color. Su sabor es muy particular (...). Representa ese gusto exótico y propio de la variedad", afirma Ulate-Sánchez.

Tomado de El Clarin. Internacional

El Clarin

24/03/2023 18:41Clarín.comInternacionalActualizado al 26/03/2023 17:23

lunes, 20 de marzo de 2023

Obesidad, otra pandemia en América Latina


 

Obesidad, otra pandemia en América Latina

Dos jóvenes con sobrepeso caminan por una calle de Santiago de Chile. Foto: Gustavo González / IPS

SANTIAGO –  Alicia Cárdenas inició este mes una campaña a través de la plataforma Change.org para reunir 1500 firmas de apoyo a su petición de que el gobierno de Chile declare la obesidad y el sobrepeso como enfermedades crónicas, con el fin de que los servicios de salud brinden una atención permanente a quienes las padecen, más allá de la simple prevención.

El jueves 16 se completó la meta de firmas de apoyo, lo cual es un índice de la magnitud del problema, graficado, según Cárdenas, en el hecho de que estas enfermedades afectan a 74,3 % de la población de este país de 19,5 millones de habitantes, y que, de acuerdo a datos del Ministerio de Salud de 2021 cada hora muere una persona como consecuencia de la obesidad.

El Panorama Regional de la Seguridad Alimentaria y Nutricional 2022, publicado este año por Naciones Unidas en esta capital, indica que 24,2 % de la población adulta de América Latina y el Caribe está afectada por obesidad, de acuerdo a las últimas mediciones disponibles, que datan de 2016. Un índice por encima del promedio mundial de 13,1 %.

Este informe es una elaboración conjunta de la Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO), la Oficina Panamericana de la Salud (OPS) y el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), con la colaboración del Programa Mundial de Alimentos y el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola.

Como población adulta para estos efectos se considera a los mayores de 18 años. En el caso de los menores no se habla de obesidad, sino de sobrepeso y el informe consigna que 7,5 % de las niñas y niños menores de cinco años de la región excedían los estándares de peso normal en 2020, lo cual también supera la media mundial de 5,7 %.

“El sobrepeso y la obesidad son especialmente preocupantes en América Latina y el Caribe. La prevalencia del sobrepeso en niños y niñas menores de cinco años y de la obesidad en adultos está muy por encima de los promedios mundiales y afecta a personas de todos los niveles de ingresos, tanto en zonas rurales como urbanas, incluidos los pueblos indígenas. Si esta problemática no se aborda con políticas eficaces, se podrían experimentar efectos de largo alcance, dejando atrás a una gran proporción de la población”, advierte el informe.

Para el año 2016, siempre de acuerdo a las mediciones más confiables, se estimaba que 360 millones de latinoamericanos y caribeños (58% de la población total) tenían sobrepeso y que, dentro de este número, 140 millones sufrían obesidad.

El sobrepeso y la obesidad se diagnostican según el índice de masa corporal (IMC) que se mide en la relación entre el peso en kilogramos y la estatura en centímetros de una persona. Cuando el IMC es igual o superior a 25 equivale a sobrepeso, mientras la obesidad traduce un IMC igual o superior a 30.

La desnutrición y el hambre siguen constituyendo la preocupación fundamental de los organismos internacionales en los países y regiones donde la disponibilidad y distribución de alimentos no cubren las necesidades básicas de nutrientes de la población, pero a estos problemas se sumó en las últimas décadas la malnutrición, como uno de los factores de la obesidad.

El sobrepeso no es necesariamente una enfermedad, ni tampoco la delgadez con un IMC bajo, ya que ambos pueden depender de factores como la constitución física, pero tanto la deriva hacia la obesidad en el primer caso, como hacia la anorexia, en el segundo, sí constituyen graves problemas de salud. En especial la obesidad mórbida, cuando el IMC es igual o superior a 40.

La Encuesta Nacional de Salud 2016-2017, determinó que 1,3 % de la población chilena es enflaquecida, 24,5 % es normal, 39,8 % tiene sobrepeso, 31,2 % tiene obesidad y 3,2 % obesidad mórbida. Es decir, dos tercios de los habitantes tienen “malnutrición por exceso”, puntualiza un estudio del asesor del Congreso legislativo Hernán Goldstein.

El experto recogió asimismo datos de encuestas oficiales en los establecimientos educacionales que grafican esta “malnutrición por exceso” en la población escolar. El año 2018, entre los estudiantes del quinto grado de la educación básica (de edades en torno a los 11 y 12 años), se constató que 32,4 % tenía sobrepeso y 27,7 % obesidad.

Chile está entre los países de América Latina y el Caribe con mayor incidencia de obesidad en la población adulta, junto a Argentina, Costa Rica, Dominica, México, República Dominicana, Suriname y Uruguay. En todos ellos el índice es superior a 25%, según el informe regional FAO, OPS y Unicef.

El mismo informe prevé que tanto la desnutrición como la malnutrición aumentarán su incidencia cuando se lleven a cabo encuestas y estudios más actualizados, que recojan el impacto de la pandemia de covid-19 en los niveles de ingreso y la salud de la población, así como de la guerra en Ucrania en los suministros y precios de alimentos.

El caso chileno, un ejemplo regional

Desde fines del siglo pasado los gobiernos chilenos han puesto en marcha varios programas para enfrentar la obesidad, orientados inicialmente a la población infantil, para ampliarlos luego a adolescentes y adultos, con sistemas de atención de salud que apuntan a una buena nutrición y también a problemas de salud mental asociados al exceso de peso.

Alicia Cárdenas, promotora de la campaña de recolección de firmas, considera insuficientes las políticas adoptadas hasta hoy y sostiene que declarar la obesidad como enfermedad crónica permitirá enfrentarla en todas sus manifestaciones como un tema de salud pública, con atención permanente a quienes la padecen para su tratamiento y no solo en la prevención.

“La obesidad es una enfermedad, que se relaciona a más de 236 patologías, entre ellas un mayor riesgo de 13 tipos de cánceres, enfermedades metabólicas como diabetes, hipertensión arterial y dislipidemia (alta concentración de lípidos); aumento significativo en el riesgo cardiovascular, trastornos de ánimo, infertilidad, disbiosis (enfermedad intestinal), además de afectar la salud mental en 60 % de personas que viven con obesidad entre muchas otras patologías asociadas”, sostiene Cárdenas.

Una de las medidas más trascendentes adoptadas en Chile fue la Ley Sobre Composición Nutricional de los Alimentos y su Publicidad, aprobada en 2012 y que en forma paulatina llegó a su tercera fase en 2019.

La conocida como la ley del etiquetado obliga a indicar en forma destacada en la presentación del producto alimenticio si su composición tiene altos porcentajes de grasas saturadas, sodio, azúcares y calorías.

La norma fue resistida en sus orígenes por las empresas alimenticias, pero tuvieron que aceptarla. Sin embargo aún se considera que las bebidas gaseosas altas en azúcares  deberían pagar un impuesto superior al de 18 % que se les aplica hoy, inferior a 31,5 % con que se graban los licores destilados y la tasa de 20,5 % para los vinos.

Las bebidas azucaradas, que se expenden a un bajo precio en botellas plásticas de hasta tres litros, están entre los productos más demandados en los supermercados de sectores populares, donde también es alto, por su costo más bajo, el consumo de salchichas de embutidos, que en la dieta diaria sustituyen a las carnes, pescados y mariscos de mayor precio.

La obesidad es patente en Chile en los sectores de bajos ingresos, que han sido forzados a una vida sedentaria en viviendas “sociales” estrechas, en municipios periféricos que carecen de parques para ejercicios y esparcimiento al aire libre. Donde también la televisión crea propensión al inmovilismo y al consumo de comida “chatarra” alta en carbohidratos mientras se mira la pantalla.

Se desconocen hasta hoy iniciativas de políticas públicas que vinculen las pautas de desarrollo urbano y el derecho al ocio recreativo con las medidas para contrarrestar esta pandemia de la obesidad, mientras se abren paso peligrosas miradas condescendientes hacia el sobrepeso.

Las investigaciones de la gubernamental Junta de Auxilio Escolar y Becas con entrevistas a madres de niñas y niños con sobrepeso consignaron que la mayoría de ellas le resta importancia al problema y se declaran satisfechas con la apariencia física de sus hijas o hijos.

En diciembre, la exmiss Universo Cecilia Bolocco, que tiene una marca de ropa femenina con su nombre, provocó una tempestad en los medios faranduleros cuando recomendó a las mujeres chilenas hacer dieta y “no ser tan, tan, entraditas en carnes” para que pudieran lucir sus prendas.

No faltaron las réplicas de jóvenes que se victimizaron y acusaron a Bolocco de instalar la “gordofobia” como una forma de discriminación, y muchas chicas con evidente sobrepeso subieron sus fotos en redes sociales proclamándose orgullosas de sus cuerpos.

ED: EG

sábado, 11 de marzo de 2023

María Blanco: El final de la historia del feminismo

El final de la historia del feminismo

Las más variopintas teorías que no llevan a nada es, precisamente, lo que ha llevado al feminismo de izquierdas a quebrarse. No es la primera vez.


Miles de mujeres han asistido este miércoles 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, a la manifestación convocada por el Movimiento Feminista de Madrid. | David Alonso Rincón

Cuando, en 1832, las autoridades policiales de París entraron en la propiedad privada de Prosper Enfantin en Ménilmontant y arrestaron a los habitantes de la comuna saintsimoniana, no lo hicieron porque se estuviera organizando ningún atentado o golpe de Estado. El argumento era que ponía en peligro la moral pública. Dos años antes, Enfantin, seguidor acérrimo del socialismo utópico de Saint-Simon, había fundado una pequeña comuna en lo que, entonces, eran las afueras de París. Su error no fue intentar educar a la burguesía en una religión laica, como así lo consideraban ellos, en la que se trabajaba la tierra y se compartía el fruto del esfuerzo de cada cual. El fallo fue reconocer el derecho de la mujer de emanciparse de la autoridad del hombre y reclamar libertad sexual para hombres y mujeres. Eso fue lo que, en la Francia de 1832, se consideraba un daño a la moral pública. Esas mujeres, que entonces resultaban extravagantes para unos y libertinas para la mayoría, fueron inspiradas por hombres, a la sazón idealistas utópicos, que las ayudaron a crear un periódico feminista y a entender la vida de otra manera.

¿Tienen algo que ver esas mujeres trabajadoras del banlieue parisino con Mary Wollstonecraft, que publicaba en 1792 la Vindicación de los derechos de la mujer? ¿O con Voltairine de Cleyre quien, en 1891, afirmaba que "con la misma inexorabilidad callada con la que crece una brizna de hierba, la individualidad ejerce su perpetua e invicta protesta contra los dictados de la autoridad"? Probablemente no. La evolución de las reivindicaciones de las mujeres en Europa y en Estados Unidos fue diferente. Además, mientras que las americanas parten de la filosofía, las francesas arrancaron de los hechos, del día a día.

Y sin embargo, han sido colocadas en el mismo cajón de sastre que constituye la primera ola del feminismo. Ahí están todas las pioneras, sin importar si su contexto y sus razones eran diferentes.

La historia del feminismo se ha empeñado en dividir el tiempo cronológico en "olas" que, al parecer de muchas estudiosas, se han ido solidificando a medida que la teoría feminista se ha hecho fuerte. De hecho, si nos atenemos a la cronología propuesta, la primera ola comienza en el siglo XVIII y acaba a mitades del XIX, la segunda ola comprende desde finales del XIX hasta la Segunda Guerra Mundial, la tercera ola se circunscribe a la segunda mitad del siglo XX, y la cuarta ola, en la que parece que nos encontramos, abarca estos 23 años del siglo XXI.

Desde mi punto de vista, se trata de una clasificación que se centra en el feminismo de izquierdas, justo la tercera ola, y minusvalora todo lo demás. Y es normal que así sea. Porque el feminismo, tal y como yo lo entiendo, debería ser una reivindicación que, si bien está sustentada en ideales, en mi caso libertarios, se manifiesta, sobre todo, en hechos.

Por ejemplo, después de la terrible secuencia de acontecimientos de la primera mitad del siglo XX (Primera Guerra Mundial, crisis del 29 y Segunda Guerra Mundial) quedó claro que las mujeres, ante la ausencia de hombres que habían partido al frente, ya se habían incorporado al mercado de trabajo. La aparición de electrodomésticos facilitó las tareas del hogar, que todavía era cosa de mujeres, y dejó tiempo libre para que las mujeres estudiaran. El aumento en el nivel de vida permitió que las nuevas estudiantes tuvieran ayuda en casa con los niños, que además iban al colegio. El despertar empresarial capitalista ofrecía puestos de trabajo a mujeres que querían incorporarse a la vida moderna de los años sesenta. Y todo esto sin teorías ni líderes políticas de por medio.

Si no hay hechos, no hay feminismo. De lo contrario, nos encontramos las más variopintas teorías que no llevan a nada. Y eso es, precisamente, lo que ha llevado al feminismo de izquierdas a quebrarse. No es la primera vez.

En los años 70, en plena tercera ola, un grupo de feministas radicales, el movimiento neoyorkino conocido como Redstocking, se oponía al feminismo socialista, común entonces, por considerarlo demasiado errado políticamente, ya que anteponía la lucha de clases a la lucha por la liberación de la mujer. Por otra parte, en opinión de las Redstockings, la mayoría de las demás tendencias del feminismo radical, especialmente después de 1975, eran expresiones del "feminismo cultural", y ellas creían que había que comprometerse políticamente. Pero las diferencias llegaban más lejos.

Las Redstockings se oponían firmemente al separatismo lésbico, ya que consideraban que las relaciones interpersonales con los hombres eran un campo importante de la lucha feminista y, por tanto, veían el separatismo de las lesbianas, interesadas en las relaciones mujer a mujer, como "escapista". Para ellas, como era normal entre la mayoría de las feministas radicales de la época, el lesbianismo era más una identidad política que una parte fundamental de la identidad personal. Por lo tanto, lo analizaban principalmente en términos políticos. Las Redstockings también se oponían a la homosexualidad masculina, que veían como un rechazo profundamente misógino de las mujeres.

No se suele dar publicidad a ese tipo de feminismo radical que enfrentó a las feministas de izquierda en plena "edad de oro" del feminismo teórico. Tal vez por ello se está repitiendo la fractura, pero elevada a la enésima potencia.

Porque la cuarta ola está siendo la ola de la desintegración del movimiento feminista de izquierda radical, causado por ellas mismas. Marx consideraba que la sociedad anónima era la máxima expresión del capitalismo y la forma más elevada de organización empresarial, pero al mismo tiempo era la manzana podrida que ocasionaría su destrucción. Algo parecido ha sucedido con la definición constructivista de género del feminismo de izquierda radical. La teoría del género como constructo social es, posiblemente, la cima del feminismo constructivista de izquierda radical. Es lo que se enseña en las universidades, lo que cualquier feminista de pro con sangre rosa-feminista reclama como contraseña de entrada al selecto club. Hace pocas semanas, yo misma era recriminada por no haber incluido en el capítulo dedicado a describir brevemente la historia del feminismo liberal del libro Afrodita desenmascarada (Deusto, 2017) a esas autoras marxistas. "No puedes decir que eres feminista si no has leído y asimilado a esas autoras", me decía mi bienintencionada interlocutora mexicana.

Y, sin embargo, esa teoría del género ha desembocado en la hiperdiversificación del etiquetado de género. Y no sólo eso. También la llevado a considerar qué define cada etiqueta. ¿Qué es el sexo no binario? ¿O el sexo fluido? Aquel que "transita" entre el femenino y el masculino. Entonces ¿qué es ser mujer? Un sentimiento.

Y ahí es donde han saltado las alarmas y se ha producido el mismo temblor de tierra que cuando las Redstocking señalaron como "escapistas" a las lesbianas y como antifeministas a los homosexuales.

El eslogan "Ser mujer no es un sentimiento" que las feministas menos radicales lanzaban a Irene Montero en su apoteósico acto del 8M dejaba muy clara la división generada por la Ley Trans. Si basta con sentirse mujer para cambiar tu género en el registro y de cara a la sociedad, ¿por quién luchamos? ¿Dónde queda la mujer "de antes"? ¿Se les va a conceder privilegios a estas "advenedizas"?

Por más que parezca que estamos cayendo en el absurdo, estamos ante un tema de gran envergadura. Porque reconocer que ser mujer es un hecho biológico y no un sentimiento implica desmontar discursos, argumentos y la propia Ley Trans. Y, además, le da la razón a "los fachas", es decir, a cualquier persona que defienda que hay un hecho biológico, aunque admita que hay casos en los que es necesaria una transición, biológica también.

¿Cuál es la deriva del feminismo en el siglo XXI?

La globalización nos presenta panoramas variopintos respecto a la situación de las mujeres: Irán no es España. Hay mucho que hacer. Entre otras cosas, abandonar las teorías constructivistas que reflejan a qué dedican el tiempo quienes tienen problemas del Primer Mundo y bajar al fango de la realidad que viven muchas mujeres en otros sitios donde no hay igualdad ante la ley. Defender y cuidar el estado de Derecho, el cumplimiento de la ley como salvaguarda de todos los ciudadanos, también de las mujeres y las minorías. Limpiar las instituciones de corruptelas más o menos encubiertas.

Vivimos en un entorno donde las mujeres tenemos mucho a nuestro favor. La digitalización, el trabajo remoto, la mecanización de tareas que ya no requieren más fuerza que la de apretar un botón permite que, hoy en día, las mujeres del Primer Mundo elijan qué quieren hacer. No necesitamos líderes políticos ni sofisticadas teorías constructivistas. Necesitamos que nos permitan ejercer nuestra responsabilidad individual, no como un permiso que se otorga, sino porque nos corresponde. Que exista libertad para decidir, equivocarse y rectificar, también para las mujeres. Que desaparezcan las olas feministas por la fuerza de los hechos. Y para todo eso no hace falta ni un ministerio ni una secretaría de Estado. Más hechos y menos privilegios.






 Tomado de Libertad Digital

https://www.clublibertaddigital.com/ideas/tribuna/2023-03-10/maria-blanco-el-final-de-la-historia-del-feminismo-6994740/#