lunes, 20 de marzo de 2023

Obesidad, otra pandemia en América Latina


 

Obesidad, otra pandemia en América Latina

Dos jóvenes con sobrepeso caminan por una calle de Santiago de Chile. Foto: Gustavo González / IPS

SANTIAGO –  Alicia Cárdenas inició este mes una campaña a través de la plataforma Change.org para reunir 1500 firmas de apoyo a su petición de que el gobierno de Chile declare la obesidad y el sobrepeso como enfermedades crónicas, con el fin de que los servicios de salud brinden una atención permanente a quienes las padecen, más allá de la simple prevención.

El jueves 16 se completó la meta de firmas de apoyo, lo cual es un índice de la magnitud del problema, graficado, según Cárdenas, en el hecho de que estas enfermedades afectan a 74,3 % de la población de este país de 19,5 millones de habitantes, y que, de acuerdo a datos del Ministerio de Salud de 2021 cada hora muere una persona como consecuencia de la obesidad.

El Panorama Regional de la Seguridad Alimentaria y Nutricional 2022, publicado este año por Naciones Unidas en esta capital, indica que 24,2 % de la población adulta de América Latina y el Caribe está afectada por obesidad, de acuerdo a las últimas mediciones disponibles, que datan de 2016. Un índice por encima del promedio mundial de 13,1 %.

Este informe es una elaboración conjunta de la Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO), la Oficina Panamericana de la Salud (OPS) y el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), con la colaboración del Programa Mundial de Alimentos y el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola.

Como población adulta para estos efectos se considera a los mayores de 18 años. En el caso de los menores no se habla de obesidad, sino de sobrepeso y el informe consigna que 7,5 % de las niñas y niños menores de cinco años de la región excedían los estándares de peso normal en 2020, lo cual también supera la media mundial de 5,7 %.

“El sobrepeso y la obesidad son especialmente preocupantes en América Latina y el Caribe. La prevalencia del sobrepeso en niños y niñas menores de cinco años y de la obesidad en adultos está muy por encima de los promedios mundiales y afecta a personas de todos los niveles de ingresos, tanto en zonas rurales como urbanas, incluidos los pueblos indígenas. Si esta problemática no se aborda con políticas eficaces, se podrían experimentar efectos de largo alcance, dejando atrás a una gran proporción de la población”, advierte el informe.

Para el año 2016, siempre de acuerdo a las mediciones más confiables, se estimaba que 360 millones de latinoamericanos y caribeños (58% de la población total) tenían sobrepeso y que, dentro de este número, 140 millones sufrían obesidad.

El sobrepeso y la obesidad se diagnostican según el índice de masa corporal (IMC) que se mide en la relación entre el peso en kilogramos y la estatura en centímetros de una persona. Cuando el IMC es igual o superior a 25 equivale a sobrepeso, mientras la obesidad traduce un IMC igual o superior a 30.

La desnutrición y el hambre siguen constituyendo la preocupación fundamental de los organismos internacionales en los países y regiones donde la disponibilidad y distribución de alimentos no cubren las necesidades básicas de nutrientes de la población, pero a estos problemas se sumó en las últimas décadas la malnutrición, como uno de los factores de la obesidad.

El sobrepeso no es necesariamente una enfermedad, ni tampoco la delgadez con un IMC bajo, ya que ambos pueden depender de factores como la constitución física, pero tanto la deriva hacia la obesidad en el primer caso, como hacia la anorexia, en el segundo, sí constituyen graves problemas de salud. En especial la obesidad mórbida, cuando el IMC es igual o superior a 40.

La Encuesta Nacional de Salud 2016-2017, determinó que 1,3 % de la población chilena es enflaquecida, 24,5 % es normal, 39,8 % tiene sobrepeso, 31,2 % tiene obesidad y 3,2 % obesidad mórbida. Es decir, dos tercios de los habitantes tienen “malnutrición por exceso”, puntualiza un estudio del asesor del Congreso legislativo Hernán Goldstein.

El experto recogió asimismo datos de encuestas oficiales en los establecimientos educacionales que grafican esta “malnutrición por exceso” en la población escolar. El año 2018, entre los estudiantes del quinto grado de la educación básica (de edades en torno a los 11 y 12 años), se constató que 32,4 % tenía sobrepeso y 27,7 % obesidad.

Chile está entre los países de América Latina y el Caribe con mayor incidencia de obesidad en la población adulta, junto a Argentina, Costa Rica, Dominica, México, República Dominicana, Suriname y Uruguay. En todos ellos el índice es superior a 25%, según el informe regional FAO, OPS y Unicef.

El mismo informe prevé que tanto la desnutrición como la malnutrición aumentarán su incidencia cuando se lleven a cabo encuestas y estudios más actualizados, que recojan el impacto de la pandemia de covid-19 en los niveles de ingreso y la salud de la población, así como de la guerra en Ucrania en los suministros y precios de alimentos.

El caso chileno, un ejemplo regional

Desde fines del siglo pasado los gobiernos chilenos han puesto en marcha varios programas para enfrentar la obesidad, orientados inicialmente a la población infantil, para ampliarlos luego a adolescentes y adultos, con sistemas de atención de salud que apuntan a una buena nutrición y también a problemas de salud mental asociados al exceso de peso.

Alicia Cárdenas, promotora de la campaña de recolección de firmas, considera insuficientes las políticas adoptadas hasta hoy y sostiene que declarar la obesidad como enfermedad crónica permitirá enfrentarla en todas sus manifestaciones como un tema de salud pública, con atención permanente a quienes la padecen para su tratamiento y no solo en la prevención.

“La obesidad es una enfermedad, que se relaciona a más de 236 patologías, entre ellas un mayor riesgo de 13 tipos de cánceres, enfermedades metabólicas como diabetes, hipertensión arterial y dislipidemia (alta concentración de lípidos); aumento significativo en el riesgo cardiovascular, trastornos de ánimo, infertilidad, disbiosis (enfermedad intestinal), además de afectar la salud mental en 60 % de personas que viven con obesidad entre muchas otras patologías asociadas”, sostiene Cárdenas.

Una de las medidas más trascendentes adoptadas en Chile fue la Ley Sobre Composición Nutricional de los Alimentos y su Publicidad, aprobada en 2012 y que en forma paulatina llegó a su tercera fase en 2019.

La conocida como la ley del etiquetado obliga a indicar en forma destacada en la presentación del producto alimenticio si su composición tiene altos porcentajes de grasas saturadas, sodio, azúcares y calorías.

La norma fue resistida en sus orígenes por las empresas alimenticias, pero tuvieron que aceptarla. Sin embargo aún se considera que las bebidas gaseosas altas en azúcares  deberían pagar un impuesto superior al de 18 % que se les aplica hoy, inferior a 31,5 % con que se graban los licores destilados y la tasa de 20,5 % para los vinos.

Las bebidas azucaradas, que se expenden a un bajo precio en botellas plásticas de hasta tres litros, están entre los productos más demandados en los supermercados de sectores populares, donde también es alto, por su costo más bajo, el consumo de salchichas de embutidos, que en la dieta diaria sustituyen a las carnes, pescados y mariscos de mayor precio.

La obesidad es patente en Chile en los sectores de bajos ingresos, que han sido forzados a una vida sedentaria en viviendas “sociales” estrechas, en municipios periféricos que carecen de parques para ejercicios y esparcimiento al aire libre. Donde también la televisión crea propensión al inmovilismo y al consumo de comida “chatarra” alta en carbohidratos mientras se mira la pantalla.

Se desconocen hasta hoy iniciativas de políticas públicas que vinculen las pautas de desarrollo urbano y el derecho al ocio recreativo con las medidas para contrarrestar esta pandemia de la obesidad, mientras se abren paso peligrosas miradas condescendientes hacia el sobrepeso.

Las investigaciones de la gubernamental Junta de Auxilio Escolar y Becas con entrevistas a madres de niñas y niños con sobrepeso consignaron que la mayoría de ellas le resta importancia al problema y se declaran satisfechas con la apariencia física de sus hijas o hijos.

En diciembre, la exmiss Universo Cecilia Bolocco, que tiene una marca de ropa femenina con su nombre, provocó una tempestad en los medios faranduleros cuando recomendó a las mujeres chilenas hacer dieta y “no ser tan, tan, entraditas en carnes” para que pudieran lucir sus prendas.

No faltaron las réplicas de jóvenes que se victimizaron y acusaron a Bolocco de instalar la “gordofobia” como una forma de discriminación, y muchas chicas con evidente sobrepeso subieron sus fotos en redes sociales proclamándose orgullosas de sus cuerpos.

ED: EG

sábado, 11 de marzo de 2023

María Blanco: El final de la historia del feminismo

El final de la historia del feminismo

Las más variopintas teorías que no llevan a nada es, precisamente, lo que ha llevado al feminismo de izquierdas a quebrarse. No es la primera vez.


Miles de mujeres han asistido este miércoles 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, a la manifestación convocada por el Movimiento Feminista de Madrid. | David Alonso Rincón

Cuando, en 1832, las autoridades policiales de París entraron en la propiedad privada de Prosper Enfantin en Ménilmontant y arrestaron a los habitantes de la comuna saintsimoniana, no lo hicieron porque se estuviera organizando ningún atentado o golpe de Estado. El argumento era que ponía en peligro la moral pública. Dos años antes, Enfantin, seguidor acérrimo del socialismo utópico de Saint-Simon, había fundado una pequeña comuna en lo que, entonces, eran las afueras de París. Su error no fue intentar educar a la burguesía en una religión laica, como así lo consideraban ellos, en la que se trabajaba la tierra y se compartía el fruto del esfuerzo de cada cual. El fallo fue reconocer el derecho de la mujer de emanciparse de la autoridad del hombre y reclamar libertad sexual para hombres y mujeres. Eso fue lo que, en la Francia de 1832, se consideraba un daño a la moral pública. Esas mujeres, que entonces resultaban extravagantes para unos y libertinas para la mayoría, fueron inspiradas por hombres, a la sazón idealistas utópicos, que las ayudaron a crear un periódico feminista y a entender la vida de otra manera.

¿Tienen algo que ver esas mujeres trabajadoras del banlieue parisino con Mary Wollstonecraft, que publicaba en 1792 la Vindicación de los derechos de la mujer? ¿O con Voltairine de Cleyre quien, en 1891, afirmaba que "con la misma inexorabilidad callada con la que crece una brizna de hierba, la individualidad ejerce su perpetua e invicta protesta contra los dictados de la autoridad"? Probablemente no. La evolución de las reivindicaciones de las mujeres en Europa y en Estados Unidos fue diferente. Además, mientras que las americanas parten de la filosofía, las francesas arrancaron de los hechos, del día a día.

Y sin embargo, han sido colocadas en el mismo cajón de sastre que constituye la primera ola del feminismo. Ahí están todas las pioneras, sin importar si su contexto y sus razones eran diferentes.

La historia del feminismo se ha empeñado en dividir el tiempo cronológico en "olas" que, al parecer de muchas estudiosas, se han ido solidificando a medida que la teoría feminista se ha hecho fuerte. De hecho, si nos atenemos a la cronología propuesta, la primera ola comienza en el siglo XVIII y acaba a mitades del XIX, la segunda ola comprende desde finales del XIX hasta la Segunda Guerra Mundial, la tercera ola se circunscribe a la segunda mitad del siglo XX, y la cuarta ola, en la que parece que nos encontramos, abarca estos 23 años del siglo XXI.

Desde mi punto de vista, se trata de una clasificación que se centra en el feminismo de izquierdas, justo la tercera ola, y minusvalora todo lo demás. Y es normal que así sea. Porque el feminismo, tal y como yo lo entiendo, debería ser una reivindicación que, si bien está sustentada en ideales, en mi caso libertarios, se manifiesta, sobre todo, en hechos.

Por ejemplo, después de la terrible secuencia de acontecimientos de la primera mitad del siglo XX (Primera Guerra Mundial, crisis del 29 y Segunda Guerra Mundial) quedó claro que las mujeres, ante la ausencia de hombres que habían partido al frente, ya se habían incorporado al mercado de trabajo. La aparición de electrodomésticos facilitó las tareas del hogar, que todavía era cosa de mujeres, y dejó tiempo libre para que las mujeres estudiaran. El aumento en el nivel de vida permitió que las nuevas estudiantes tuvieran ayuda en casa con los niños, que además iban al colegio. El despertar empresarial capitalista ofrecía puestos de trabajo a mujeres que querían incorporarse a la vida moderna de los años sesenta. Y todo esto sin teorías ni líderes políticas de por medio.

Si no hay hechos, no hay feminismo. De lo contrario, nos encontramos las más variopintas teorías que no llevan a nada. Y eso es, precisamente, lo que ha llevado al feminismo de izquierdas a quebrarse. No es la primera vez.

En los años 70, en plena tercera ola, un grupo de feministas radicales, el movimiento neoyorkino conocido como Redstocking, se oponía al feminismo socialista, común entonces, por considerarlo demasiado errado políticamente, ya que anteponía la lucha de clases a la lucha por la liberación de la mujer. Por otra parte, en opinión de las Redstockings, la mayoría de las demás tendencias del feminismo radical, especialmente después de 1975, eran expresiones del "feminismo cultural", y ellas creían que había que comprometerse políticamente. Pero las diferencias llegaban más lejos.

Las Redstockings se oponían firmemente al separatismo lésbico, ya que consideraban que las relaciones interpersonales con los hombres eran un campo importante de la lucha feminista y, por tanto, veían el separatismo de las lesbianas, interesadas en las relaciones mujer a mujer, como "escapista". Para ellas, como era normal entre la mayoría de las feministas radicales de la época, el lesbianismo era más una identidad política que una parte fundamental de la identidad personal. Por lo tanto, lo analizaban principalmente en términos políticos. Las Redstockings también se oponían a la homosexualidad masculina, que veían como un rechazo profundamente misógino de las mujeres.

No se suele dar publicidad a ese tipo de feminismo radical que enfrentó a las feministas de izquierda en plena "edad de oro" del feminismo teórico. Tal vez por ello se está repitiendo la fractura, pero elevada a la enésima potencia.

Porque la cuarta ola está siendo la ola de la desintegración del movimiento feminista de izquierda radical, causado por ellas mismas. Marx consideraba que la sociedad anónima era la máxima expresión del capitalismo y la forma más elevada de organización empresarial, pero al mismo tiempo era la manzana podrida que ocasionaría su destrucción. Algo parecido ha sucedido con la definición constructivista de género del feminismo de izquierda radical. La teoría del género como constructo social es, posiblemente, la cima del feminismo constructivista de izquierda radical. Es lo que se enseña en las universidades, lo que cualquier feminista de pro con sangre rosa-feminista reclama como contraseña de entrada al selecto club. Hace pocas semanas, yo misma era recriminada por no haber incluido en el capítulo dedicado a describir brevemente la historia del feminismo liberal del libro Afrodita desenmascarada (Deusto, 2017) a esas autoras marxistas. "No puedes decir que eres feminista si no has leído y asimilado a esas autoras", me decía mi bienintencionada interlocutora mexicana.

Y, sin embargo, esa teoría del género ha desembocado en la hiperdiversificación del etiquetado de género. Y no sólo eso. También la llevado a considerar qué define cada etiqueta. ¿Qué es el sexo no binario? ¿O el sexo fluido? Aquel que "transita" entre el femenino y el masculino. Entonces ¿qué es ser mujer? Un sentimiento.

Y ahí es donde han saltado las alarmas y se ha producido el mismo temblor de tierra que cuando las Redstocking señalaron como "escapistas" a las lesbianas y como antifeministas a los homosexuales.

El eslogan "Ser mujer no es un sentimiento" que las feministas menos radicales lanzaban a Irene Montero en su apoteósico acto del 8M dejaba muy clara la división generada por la Ley Trans. Si basta con sentirse mujer para cambiar tu género en el registro y de cara a la sociedad, ¿por quién luchamos? ¿Dónde queda la mujer "de antes"? ¿Se les va a conceder privilegios a estas "advenedizas"?

Por más que parezca que estamos cayendo en el absurdo, estamos ante un tema de gran envergadura. Porque reconocer que ser mujer es un hecho biológico y no un sentimiento implica desmontar discursos, argumentos y la propia Ley Trans. Y, además, le da la razón a "los fachas", es decir, a cualquier persona que defienda que hay un hecho biológico, aunque admita que hay casos en los que es necesaria una transición, biológica también.

¿Cuál es la deriva del feminismo en el siglo XXI?

La globalización nos presenta panoramas variopintos respecto a la situación de las mujeres: Irán no es España. Hay mucho que hacer. Entre otras cosas, abandonar las teorías constructivistas que reflejan a qué dedican el tiempo quienes tienen problemas del Primer Mundo y bajar al fango de la realidad que viven muchas mujeres en otros sitios donde no hay igualdad ante la ley. Defender y cuidar el estado de Derecho, el cumplimiento de la ley como salvaguarda de todos los ciudadanos, también de las mujeres y las minorías. Limpiar las instituciones de corruptelas más o menos encubiertas.

Vivimos en un entorno donde las mujeres tenemos mucho a nuestro favor. La digitalización, el trabajo remoto, la mecanización de tareas que ya no requieren más fuerza que la de apretar un botón permite que, hoy en día, las mujeres del Primer Mundo elijan qué quieren hacer. No necesitamos líderes políticos ni sofisticadas teorías constructivistas. Necesitamos que nos permitan ejercer nuestra responsabilidad individual, no como un permiso que se otorga, sino porque nos corresponde. Que exista libertad para decidir, equivocarse y rectificar, también para las mujeres. Que desaparezcan las olas feministas por la fuerza de los hechos. Y para todo eso no hace falta ni un ministerio ni una secretaría de Estado. Más hechos y menos privilegios.






 Tomado de Libertad Digital

https://www.clublibertaddigital.com/ideas/tribuna/2023-03-10/maria-blanco-el-final-de-la-historia-del-feminismo-6994740/#

miércoles, 22 de febrero de 2023

El terremoto turco (o una última lápida en Estambul)

 

El terremoto turco (o una última lápida en Estambul)

A vista de dron, de entre la escombrera de la ciudad de Karahmanmaras, la imagen se ha repetido como fúnebre reclamo en los informativos. Desde arriba, cercada por el picadillo y la devastación, se veía algo parecido a un prado verde: era un campo de fútbol. Se hallaba lleno de tiendas blancas, cómo de acampada. Cada una de estas pagodas se convirtió en el hogar portátil de los supervivientes del terremoto.

Igual sucedía en el polideportivo de Karahmanmaras. Pero aquí, la inquietante diferencia era que el recinto aún se mantenía en pie, sin visibles fisuras, pese a las réplicas del seísmo (no por menores menos acongojantes). El parquet se hallaba lleno de refugiados, heridos y damnificados. De una pared figuraban dos grandes retratos de Atatürk, el padre de la moderna Turquía, y de Recep Tayyip Erdogan, el actual mandamás desde hace veinte años. En enclaves de la Turquía profunda, como Karahmanmaras, la figura de Erdogan ya se muestra sin tapujos a la altura del valedor histórico de la patria. Pero este apunte, metido aquí de matute, no es el asunto de la presente. Los polideportivos, como el de esta ciudad destruida, se erigen hoy como modernos pabellones multiusos (multidisciplinar es el término habitual), pensando en albergar conciertos, ferias de muestras o de cualquier otra suerte festiva. Pero ocurre también que, a menudo, se convierten en tanatorios (recuérdese la pandemia) o en albergues y refugios cuando la naturaleza se despereza mostrando su ira agazapada (incendios, riadas, seísmos).

Todo el sureste de Turquía, sin olvido de la infausta Siria, se ha derrumbado por el movimiento de tripas de la tierra. El resto lo ha propiciado el cemento precario y las raíces blandengues de los edificios. Decía Julio Camba que en las guerras aprendemos geografía a medida que la cañonería la va destruyendo. Con el terremoto de Turquía quien más y quien menos ha aprendido dónde se hallan en Anatolia las ciudades de Adana, Malatya, Gaziantep, Karahmanmaras, Osmaniye, Diyarbakir o Antakya. Mientras escribo la presente, el número de víctimas casi llega sólo en Turquía a los 30.000 fallecidos.

El deporte turco está aportando su cuota de duelo. La catástrofe ha arrojado cifras anónimas a granel. Pero poco a poco vamos sabiendo que algunos muertos tienen sus nombre y apellidos. Ha muerto la jugadora de baloncesto de la selección turca Nilay Aydogan (se encontraba en Malatya visitando a sus mayores). También ha aparecido muerto bajo los escombros el jugador Cemal Kütahya, capitán de la selección nacional de balonmano. Ha perecido en Antakya, la antigua Antioquía, en la hoy región de Hatay, primer lugar de prédica para San Pablo y donde los seguidores de Jesús fueron llamados cristianos por vez primera. El gran capitán apareció junto a su hijo también muerto de apenas cinco años, mientras su esposa, embarazada, y su suegra seguían desaparecidas bajo el picadillo.

El portero Ahmet Turkarslan, del Yeni Malatyaspor (segunda división del fútbol turco), fue de los primeros fallecidos cuyo nombre se conoció. Acaba de saberse que el ghanés Christian Atsu, jugador del Hatayspor de la Superliga turca (y ex del MálagaChelsea y Newcastle), ha aparecido muerto bajo los escombros, pese a que se le había dado por rescatado días atrás (el director deportivo del club y un intérprete también podrían estar sepultados a la espera aún de poder dar con sus cuerpos). En Hatay, una de las provincias más arrasadas por el seísmo, han fallecido también casi todas las jugadoras del equipo femenino de voleibol. Igual infortunio han padecido sus homólogos masculinos del equipo de vóley de Malatya. Por su parte, la Federación Turca de Lucha también dio a conocer la muerte en Karahmanmaras de tres atletas. Es seguro que de entre el anonimato de víctimas aflorarán nuevos nombres y apellidos de más deportistas profesionales.

La Superliga turca de fútbol se ha suspendido hasta marzo. El infausto lunes 6 de febrero, el día del apocalipsis en el sureste de Turquía, tenían que disputarse aún tres partidos de la última jornada. Equipos de la máxima categoría de esta zona del país, caso del Hatayspor, ha anunciado su retirada de la competición (su entrenador Volkan Demirel, ex portero del Fenerbahçe y de la selección turca hizo un emotivo llamamiento en las redes para ayudar a los damnificados). El Gaziantep FK, que iba a ser el próximo rival del actual líder Galatasaray, podría anunciar también su renuncia. Asunto muy menor el de rehacer el calendario deportivo cuando todo o casi todo alrededor está por rehacerse de aquí a tres años como mínimo.

A decir verdad los terremotos en Turquía forman parte de una especie de condena asumida. Pero cuando se viaja hasta la linde entre oriente y occidente uno se olvida de todo temor disuasorio. Durante unos años visité Estambul con relativa frecuencia por causa de algún que otro trasunto literario. Siempre intenté conocerla a pie hasta donde lo elefantiásico de la urbe me lo permitió. Nada como deambular abstraído bajo el síndrome de Babia en mitad del gran manicomio.

Pirlo, en el banquillo del Fatih Karagümrük SK

Con la mente puesta en las ciudades machacas por el seísmo, me he ido acordando estos días de los campos de fútbol con los que solía toparme inusitadamente en mis paseatas. A menudo lo hacía bajo la lluvia, el aguanieve y el viento helador del Bósforo en invierno. No hablo de los grandes estadios faraónicos de los tres grandes conocidos (Fenerbahçe, Galatasaray y Besiktas). Hablo, por ejemplo, del estadio del Kasimpasa Spor Külübü, donde antaño hizo sus pinitos como el buen jugador que fue el propio Erdogan (de ahí que el estadio lleve hoy por hoy el nombre del mandatario).

Asomado desde un aparcamiento en la zona alta de Sishane (no lejos del legendario Hotel Pera Palas), me gustaba contemplar la zona abigarrada y montuosa de Tepebasi, que se unía a Kasimpasa por el efecto de la gran metástasis: el cemento. De entre la aglomeración de pisos, alminares de mezquitas y antenas parabólicas, los focos del estadio del Kasimpasa sobresalían de entre aquel inmenso puchero urbanita, donde no se distinguía la niebla de la cortinilla de lluvia boba ni del humo de las estufas.

Se ha sabido que el gran Andrea Pirlo, actual entrenador del Fatih Karagümrük FK (ocupa un honroso puesto medio en la Superliga), se ha involucrado como el que más en la recogida de alimentos y enseres para los damnificados de los terremotos. Me he acordado también cómo de camino a las murallas bizantinas, hacia la puerta de Edirne y la zona depauperada de Sulukule, me topé en medio de los bulevares y edificios monocordes del gran distrito de Fatih con el estadio de Vefa, donde juega el Karagümrük sus partidos. Otras veces, recorriendo la vastedad del Estambul histórico, no me topaba con campos de fútbol en forma de estadios, sino con simples terrenos de juego, desnudos a la vista pero con sus dos porterías. Hacían la vez de espacios verdes, al igual que los parques descuidados y que los numerosos y ondulantes cementerios, sembrados por estelas blancas o por cipos de antiguas lápidas, y con los que uno se encontraba agradablemente al no estar acotados como espacios para la muerte, separándolos de las cuitas de los vivos.

Me pregunto ahora qué será de estos estadios secundarios del gran Estambul cuando llegue –porque llegará– el devastador seísmo que se espera que ocurra algún fatídico día bajo la falla del Mar de Mármara (el último de 1999, fraguada en la cercana capital de Izmir, la antigua Esmirna, causó 17.000 víctimas y se dejó sentir aterradoramente en Estambul). Me causa una mezcla acaso malévola de aprensión, pavor agazapado y morbo. Cierto es que los focos y graderíos del estadio del Kasimpasa próximo al Cuerno de Oro, saliendo como salían de entre tanto cemento, es una imagen que retengo y que, como digo, se me vuelve siniestramente fantasiosa cuando la imagino ahora machacada por el terremoto que habrá de llegar.

He leído que el cuerpo de la desafortunada Nilay Aydogan, la jugadora de baloncesto de la selección nacional muerta en Malatya, ha sido enterrada en el cementerio de Kulakziz, que se halla precisamente en el barrio de Kasimpasa. «Que Dios tenga misericordia de nuestra preciosa atleta, mis condolencias para su familia y nuestra comunidad», dijo de ella el muy compungido Hedo Türkoglu, presidente de la Federación Turca de Baloncesto y antaño conocido jugador de la NBA. Visité el cementerio de Kulakziz alguna que otra tarde, mientras caía el ocaso del invierno sobre la ribera opuesta del Cuerno de Oro, donde las más grandes mezquitas históricas. Estambul es en gran parte una megaurbe joven, tumultuosa, alegre y frenética. Pero yo hallé ­–o quise hallar tal vez– una ciudad hermosamente triste y a ratos apagada. Sobre aquella estampa de Kulakziz de hace unos años, ahora incorporo al recuerdo, como torpe señal de respeto, la lápida de «nuestra preciosa atleta».

jueves, 2 de febrero de 2023

Fiscalía alemana halla documentos sobre crímenes de lesa humanidad en Argentina

DW informa:


El Ministerio Público alemán, encontró documentación relevante en la vivienda de Luis K., exmilitar argentino con pasaporte alemán, exiliado en Berlín. Las autoridades alemanas, que trabajan estrechamente con las argentinas, podrían así abrir el camino hacia un juicio en el país europeo por torturas y homicidios durante la dictadura militar argentina.